—¿Desde cuándo?
—Un año y medio —susurró.
Sentí que el piso se movía. Un año y medio. Mientras yo le contaba que Diego estaba raro. Mientras ella me decía que todos los matrimonios tenían etapas difíciles. Mientras me abrazaba en la cocina de mi mamá y me prometía que yo merecía ser feliz.
—¿Y venías a mi casa?
Fernanda empezó a llorar.
—No fue planeado.
—Claro que fue planeado. Te arreglaste para venir a acostarte con mi esposo mientras creías que yo no estaba.
Diego abrió la puerta.
—Mariana, por favor, podemos hablar.
Lo miré y por primera vez no vi al hombre que amaba. Vi a un cobarde.
—¿Tú también vas a llorar? —le dije—. Porque de los dos no sé cuál me da más asco.
Entonces Fernanda soltó algo que me dejó helada.
—Diego me dijo que ustedes ya no dormían juntos. Me dijo que estabas con alguien del trabajo.
Me reí. Una risa seca, horrible.
—¿Eso te dijo?
Ella lo miró.
—Diego…
Él no respondió.
Ahí entendí el giro más cruel: también le había mentido a ella. No para protegerme, sino para tenernos a las dos. A mí como esposa pública. A ella como secreto emocionante.
Pero todavía faltaba lo peor.
En ese momento llegó una camioneta. Era mi hermano Luis. Venía porque mi mamá le había pedido dejarme unos documentos. Se bajó, nos vio a los tres y entendió demasiado rápido.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Nadie habló.
Luis miró a Fernanda, luego a Diego, luego el vestido, el maquillaje, mis ojos secos.
—No me digas que…
Fernanda empezó a sollozar más fuerte.
Luis se le fue encima a Diego. Tuve que ponerme en medio.
—No vale la pena —le dije, aunque por dentro quería que lo destrozara.
Diego, acorralado, gritó algo que terminó de romperme:
—¡Mariana tampoco es una santa! ¡Pregúntale por qué no podía embarazarse!
El silencio cayó como piedra.
Yo llevaba seis meses haciéndome estudios sola porque Diego se negaba. Él sabía que el problema podía ser suyo, pero prefirió insinuar que era mi culpa.
Luis apretó los puños. Fernanda dejó de llorar. Yo solo miré a Diego.
Y antes de que la verdad completa saliera de su boca, mi celular empezó a sonar: era mi mamá.
PARTE 3
No contesté la llamada. Miré a Diego y le dije:
—Habla. Ahora.
Diego bajó la cabeza. Su voz salió pequeña.
—Me hice estudios hace un año. El doctor dijo que era muy difícil que yo pudiera tener hijos.
Sentí que algo se me apagó por dentro.
—¿Un año? —pregunté.
Él asintió.
Yo había llorado en baños de clínicas, había tomado vitaminas, había soportado comentarios de tías en fiestas familiares preguntándome “¿para cuándo el bebé?”. Y él sabía. Todo ese tiempo lo supo.
Fernanda se cubrió la boca.
—Me dijiste que Mariana era la que no quería…
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