Llevaron el cuerpo de una monja joven a la morgue central de Puebla en plena madrugada, envuelto en un silencio extraño que nadie se atrevía a romper.
La orden oficial decía que debía practicársele una autopsia inmediata.
Había muerto de manera repentina en un convento apartado, y la versión que acompañaba el expediente era tan breve como sospechosa: paro respiratorio durante la noche, sin signos claros de enfermedad previa.
El doctor Esteban Fonseca había leído cientos de informes parecidos a lo largo de quince años.
Sabía reconocer, casi desde la primera mirada, cuándo un cadáver traía consigo una historia que alguien quería enterrar.
Y aquella noche, desde el instante en que vio entrar la camilla, sintió esa presión conocida en el pecho.
La joven tenía el hábito negro perfectamente acomodado.
Las manos descansaban cruzadas sobre el abdomen, y entre los dedos sostenía una pequeña cruz de madera desgastada por el uso.
No debía tener más de veintiséis años.
Su rostro era demasiado tranquilo.
No era la serenidad de alguien que se había ido en paz.
Era más bien la quietud tensa de quien había luchado por decir algo y no había alcanzado a hacerlo.
—Doctor… venga a ver esto —dijo Camilo, el auxiliar de turno.
Esteban levantó la vista de los instrumentos.
Camilo estaba pálido, inmóvil junto a la camilla, con una expresión que él rara vez le había visto.
No era asco.
No era miedo al cuerpo.
Era otra cosa.
—¿Qué encontró?
—Hay una abertura en la tela… aquí atrás.
Y pensé que tal vez era un tatuaje, pero… no sé.
Fonseca se acercó.
A través del desgarro, apenas visible entre los pliegues del hábito, asomaba una línea oscura sobre la piel.
Se colocó los guantes, intercambió una mirada silenciosa con Camilo y, con la delicadeza que imponía el respeto a los muertos, giraron el cuerpo.
Pidió unas tijeras.
Al abrir la tela, la sala pareció enfriarse varios grados.
No era un tatuaje.
Era un mensaje escrito directamente sobre la espalda de la joven con trazos irregulares, como si hubiera tenido prisa o las manos temblorosas.
Aun así, se leía con claridad aterradora:
No le hagan la autopsia.
Esperen dos horas.
Lo que necesitan está en el bolsillo de mi hábito.
Camilo retrocedió y se persignó.
—Dios mío…
Fonseca no respondió.
Pasó los dedos por encima de la frase sin tocar de verdad la piel, solo comprobando que no era una alucinación causada por la luz.
Luego señaló el hábito.
—Busque.
En el primer bolsillo no había nada.
En el segundo, Camilo encontró una memoria USB diminuta, envuelta en un pedazo de tela blanca como si alguien hubiera querido protegerla del sudor o de la humedad.
La llevaron a la oficina contigua, donde una computadora vieja tardó demasiado en reconocer el dispositivo.
Mientras cargaba, Esteban volvió la vista varias veces hacia la sala fría donde había quedado el cuerpo.
La puerta entreabierta le permitía ver solo una esquina de la camilla y el borde oscuro del hábito.
Cuando el archivo se abrió, apareció ella.
La misma joven.
Viva.
Sentada en una cama estrecha de paredes blancas y desnudas.
Detrás había una ventana enrejada y una mesita con una jarra de agua.
La luz amarilla de una lámpara le marcaba el cansancio en los pómulos.
Tenía el velo algo torcido,
como si se lo hubiera puesto con prisa.
—Si están viendo esto —dijo, mirando directo a la cámara—, es porque mi cuerpo ya llegó a la morgue… o porque algo salió todavía peor de lo que imaginé.
Hizo una pausa para tomar aire.
Su voz estaba quebrada, no de llanto, sino de agotamiento y miedo contenido.
—Me llamo Inés María de los Dolores.
Soy novicia del convento de Santa Clara de la Luz.
Si morí, no fue por voluntad de Dios.
No confíen en la Madre Superiora.
Ella no es quien dice ser.
No…
Un golpe brutal sonó al otro lado de la puerta.
Luego otro.
Inés giró la cabeza con terror, apagó algo fuera de cuadro y la imagen se cortó.
El silencio posterior fue insoportable.
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