Cuando tenía diez años, todo el pequeño barrio a las afueras de Guadalajara sabía que yo era el niño más terco de la calle.
Tan terco que una tarde de domingo, mientras todos estaban reunidos frente a la casa de mi abuela comiendo tamales y tomando agua de limón, de pronto me puse de pie, con lágrimas corriendo por la cara, señalé directamente la casa amarilla de al lado y grité:
—¡Quiero casarme con Valeria! ¡Mamá, abuela, vayan a pedir su mano por mí!
El patio entero quedó en silencio durante tres segundos.
Luego todos estallaron en carcajadas.
Mi madre, Sofía Ramírez, se puso roja de vergüenza y me jaló del brazo.
—¡Diego, apenas tienes diez años! ¿Acaso sabes lo que significa casarse?
Mi abuela, Doña Carmen, se secaba las lágrimas de tanto reír.
—Este niño salió igualito a su abuelo. Cuando se le mete alguien en el corazón, no lo suelta.
Y Valeria Morales —la niña vecina, un año menor que yo— estaba escondida detrás del portón de hierro de su casa, abrazando una muñeca de tela, con la cara roja como un tomate.
Yo lloré todavía más fuerte.
—¡No estoy jugando! ¡Cuando sea grande, solo me voy a casar con Valeria! ¡Con nadie más!
Los adultos volvieron a reír.
Pensaron que eran palabras de niño.
Una tontería bajo el sol de una tarde cualquiera en un barrio humilde de Guadalajara.
Pero yo lo recuerdo perfectamente.
Ese día, Valeria salió del portón y caminó hasta ponerse frente a mí. Me extendió una pulserita hecha con hilos rojos y blancos, y dijo en voz muy bajita:
—Entonces primero tienes que estudiar mucho. Mi mamá dice que un hombre sin futuro no puede casarse con nadie.
Me quedé inmóvil.
Todo el barrio volvió a reír.
Pero yo no me reí.
Apreté aquella pequeña pulsera en la palma de mi mano y asentí con fuerza.
—Está bien. Voy a estudiar mucho. Voy a ganar muchos pesos. Y algún día me voy a casar contigo como se debe.
Desde aquel día, en la cabeza de un niño de diez años como yo solo había tres metas muy claras:
Crecer.
Triunfar.
Y casarme con Valeria Morales.
La niña vecina
Valeria era esa clase de niña a la que todo el barrio quería.
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