El día que la ambulancia se quedó atravesada frente al edificio y una mujer de labios muy rojos preguntó, antes de que se enfriara el cuerpo, dónde estaban las escrituras del departamento, Maritza sintió una rabia tan honda que casi se le olvidó respirar: Doña Ofelia, la mujer de 82 años del 302, había muerto sola, y la primera voz que la reclamaba no traía duelo, sino hambre de herencia.
Doña Ofelia vivía en un edificio viejo de la colonia Guerrero, en Ciudad de México, de esos donde los pasillos huelen a humedad en tiempo de lluvias, donde las puertas guardan más secretos que los altares y donde los vecinos pueden pasarse años escuchándose toser sin saberse el apellido. Casi nadie se fijaba en ella. La veían cruzar el descanso de la escalera arrastrando los pies, con un suéter tejido aunque no hiciera frío, el cabello blanco siempre bien peinado y una bolsa de mandado colgada de la muñeca como si pesara el doble de lo normal. No recibía visitas. No salía más que a lo indispensable. Nunca se oía una televisión prendida en su casa, ni música, ni risas, ni una sola conversación. Solo el rechinido de su puerta al abrirse muy poquito cada tarde y el ruido leve de su seguro al volver a cerrarse.
A Maritza sí le importaba. No porque fuera una santa ni porque le sobrara tiempo, sino porque había algo en esa mujer que le apretaba el pecho. Tal vez era la manera en que bajaba la mirada cuando alguien la saludaba y no esperaba respuesta. Tal vez era esa soledad tan visible que hasta daba vergüenza mirar demasiado. La primera vez que le habló fue regresando del tianguis, un martes de calor pegajoso, cuando vio a Doña Ofelia intentando subir la escalera con una bolsa de naranjas, jitomates, un litro de leche y una charola de huevos que ya venían golpeándose entre sí. La anciana tuvo que detenerse en el primer descanso, respirando con esfuerzo, y Maritza, sin pensarlo, corrió a sostenerle la bolsa.
—Déjeme, yo se la subo.
Doña Ofelia levantó la cara con desconfianza de quien ha aprendido a no deber favores, pero el cansancio le ganó. Asintió muy despacio. Maritza la acompañó hasta la puerta del 302. Al ver sus manos temblorosas buscando la llave, sintió un impulso raro, casi familiar. Esa misma tarde, como le había sobrado caldo de pollo con verduras, tocó a su puerta con un topper tibio entre las manos. La puerta se abrió apenas una rendija. Salió primero el olor encerrado de una casa cerrada muchos años y luego un par de ojos claros, cansados, sorprendidos.
—Le traje un poco de caldo —dijo Maritza—. Hice de más.
Doña Ofelia sostuvo el recipiente con las dos manos, como si no fuera plástico sino algo mucho más delicado.
—Eres muy buena, hija —murmuró—. Hace mucho que nadie me daba comida hecha en casa.
Maritza sonrió y alcanzó a ver solo un pedazo de sombra detrás de la puerta antes de que esta volviera a cerrarse. Pensó que había sido un gesto de una vez. No lo fue. Al día siguiente le llevó frijoles de la olla y arroz rojo. Luego un bolillo caliente. Después una taza de té de canela cuando cayó el primer aguacero fuerte. Los domingos, a veces, una pieza de pan dulce. Y así, sin ponerse de acuerdo, se les formó una costumbre que acabó durando 2 años completos.
Cada tarde, cerca de las 6, Maritza tocaba el 302. A veces Doña Ofelia abría un poco más y dejaba ver la mitad de su mejilla. A veces solo asomaba la mano. Siempre daba las gracias. Siempre sonreía con una dulzura contenida que parecía pedir perdón por existir. Pero nunca la dejaba entrar. Maritza lo intentó varias veces, con cuidado para no incomodarla.
—¿No quiere que le ayude a barrer tantito, Doña Ofelia?
—No, hijita, así estoy bien.
—¿Le pongo el caldo en un plato?
—No, no, yo puedo.
—¿Seguro? Aunque sea 5 minutos.
—Otro día, mi niña. Hoy no.
Ese “otro día” nunca llegaba. En el edificio empezaron a hablar. Que si la vieja estaba loca. Que si tenía la casa llena de tiliches y ratas. Que si a lo mejor guardaba dinero en botes de galletas. Que si Maritza nomás se estaba haciendo la buena para ver si le tocaba algo cuando se muriera. La portera del 101 hasta soltó una carcajada una vez en el pasillo.
—Tanto guisito, comadre, y al rato capaz que ni las gracias en el testamento.
Maritza se hizo la sorda, aunque por dentro le ardió. Lo cierto era que a ella tampoco le sobraba nada. Trabajaba haciendo arreglos de ropa en un local pequeño por la Lagunilla y algunos meses apenas ajustaba para la renta, el gas y la despensa. Justo por eso le dolían más esos comentarios: porque lo que le daba a Doña Ofelia salía de lo poco, no de lo mucho. Y, aun así, nunca sintió que le pesara. Había tardes en que llevaba una porción sencilla de sopa de fideo y al escuchar la voz agradecida detrás de la puerta sentía que el día le quedaba más liviano.
Con el tiempo, aprendió pequeños detalles de la anciana a través de esos encuentros breves. Que el té le gustaba sin azúcar. Que el arroz rojo le recordaba a su madre. Que no soportaba el ruido de los cohetes. Que los domingos se peinaba con más cuidado, aunque nadie la viera. Que cuando llovía fuerte se le ponían tristes los ojos. Nunca le contó del todo su historia, pero alguna que otra tarde, si Maritza se quedaba un minuto más al otro lado de la puerta, Doña Ofelia dejaba escapar pedazos.
—Antes me gustaba mucho coser.
—¿Ya no cose, Doña?
—Las manos ya no obedecen igual… aunque a veces una todavía encuentra en qué entretenerse.
Otra tarde, mientras le recibía unas tortitas de papa, preguntó de pronto:
Leave a Comment