PARTE 1
“¿Así que mi marido muerto mantenía mujeres escondidas en el rancho que me prohibió pisar durante quince años?”
Eso fue lo primero que pensé cuando abrí la puerta de la casa vieja, allá por la salida a Pátzcuaro, y vi que aquel lugar no estaba abandonado como Jorge siempre me había hecho creer. Las llaves que me había entregado el licenciado Ramírez se me cayeron al piso de madera. No podía moverme.
Había sillones con cobijas dobladas, tazas de café sobre la mesa, suéteres de mujer colgados en las sillas y, junto a la entrada, unos tenis diminutos de niño. En las paredes había dibujos con crayones: casitas, flores, familias tomadas de la mano. En la repisa de la chimenea vi fotos de mujeres jóvenes, niñas, un bebé. Ni una sola foto mía.
Tres semanas antes, Jorge había muerto en un accidente en la carretera. Me dijeron que su camioneta se salió en una curva. Yo lloré como llora una viuda que cree conocer a su marido. Quince años casados, una vida tranquila en Morelia, cenas simples, televisión por las noches y sus viajes tres veces por semana “al rancho familiar”.
Nunca me dejó acompañarlo.
—No es seguro, Marisol —me dijo una vez, con una dureza que jamás le conocí—. Prométeme que nunca vas a ir.
Y yo, como siempre, obedecí.
Después del funeral, el abogado me entregó las llaves.
—Antes de vender, vaya a verlo —me pidió—. Su esposo era un hombre… complicado.
Ahora entendía que “complicado” era una palabra demasiado pequeña.
Entonces escuché pasos arriba.
—¡Sé que hay alguien! —grité, con el celular listo para llamar al 911.
Primero hubo silencio. Luego una voz de muchacha, temblando:
—Por favor, no llame a la policía.
En lo alto de la escalera apareció una jovencita rubia, flaquita, con los ojos rojos. Detrás de ella salió una mujer de unos treinta y tantos, morena, seria, con cara de haber aprendido a desconfiar de todos.
—¿Quién es usted? —me preguntó.
—Soy Marisol Gutiérrez. Viuda de Jorge Salgado. Este rancho ahora es mío.
Las dos se quedaron heladas.
—¿Don Jorge estaba casado? —susurró la mujer.
Me dolió más de lo que esperaba.
Ella se llamaba Elena. La jovencita, Clara. Me contaron que Jorge les había dado refugio. Mujeres que huían de hombres violentos, de casas donde ya no podían dormir sin miedo. También vivía ahí Natalia, una madre joven con su bebé.
Yo apenas podía respirar.
Entonces Clara miró por la ventana y se puso blanca.
—Es él… es mi padrastro.
Elena me agarró del brazo.
—Se llama Bruno Leyva. Si encuentra a Clara, la mata.
Leave a Comment