La sorpresa de un padre
Me llamo Alejandro, tengo treinta y dos años y soy un ejecutivo muy ocupado en un importante banco de la Ciudad de México. Debido a varios ascensos consecutivos, mis horas extra y viajes de trabajo se volvieron cada vez más frecuentes. Para compensar a mi esposa Valeria, que en ese momento tenía siete meses de embarazo de nuestro primer hijo, contraté a una empleada doméstica “altamente recomendada” y bastante costosa llamada Mireya.
Valeria era huérfana. No tenía a nadie en el mundo aparte de mí. Era una mujer bondadosa, tranquila, y nunca pedía nada más que un poco de mi tiempo. Como la amaba con toda mi alma, quería asegurarme de que no se agotara con las labores del hogar. Por eso le confié a Mireya su cuidado y dejaba cada semana una cantidad generosa de dinero para la comida y todo lo que pudieran necesitar.
Un viernes por la tarde, cancelaron mi última reunión. Me puse feliz de inmediato. Compré un enorme ramo de rosas y ropa nueva para nuestro bebé. Quería sorprender a Valeria.
Cuando llegué a la casa, noté que la puerta estaba entreabierta. Entré en silencio, pensando en darle una sorpresa. Pero la escena que vi en la sala detuvo por completo el mundo a mi alrededor.
La escena que me rompió el alma
Se me cayeron las flores de las manos, pero ninguna de las dos lo notó por el llanto desgarrador de mi esposa.
En medio de la sala estaba Valeria, arrodillada en el suelo. Con siete meses de embarazo, agobiada por el peso de su vientre, estaba inclinada sobre el piso. Estaba empapada con agua sucia que olía a trapo de trapear, a humedad rancia. Lloraba desconsoladamente mientras se tallaba una y otra vez los brazos y las piernas con un trapo áspero, hasta dejar la piel enrojecida, casi sangrando.
—Y-ya lo estoy haciendo… ya me estoy tallando… ya me voy a limpiar… —suplicaba Valeria entre sollozos, con la voz quebrada por el miedo y la humillación.
Frente a ella, sentada en mi sillón favorito, estaba Mireya. Tenía las piernas cruzadas, veía la televisión y comía la fruta importada que yo había comprado para Valeria.
—¡Ándale, más rápido! ¡Estás asquerosa! —gritó Mireya con una voz chillona y cruel—. ¡Mírate la piel, cada vez estás más prieta! ¡Y apestas! Por eso tu marido llega tarde todos los días, porque le da asco regresar contigo. ¡No sirves para nada! Y si no me obedeces, le voy a decir al señor Alejandro que estás loca y que deben internarte en un psiquiátrico.
—N-no, por favor… no le diga eso a Alejandro… no quiero causarle más preocupaciones… me voy a bañar, me voy a limpiar bien… le voy a suplicar que no me abandone… —respondió mi esposa entre lágrimas, mientras seguía tallándose la piel con aquella agua inmunda.
La explosión
Sentí como si me hubieran detonado una bomba en el pecho. Mi esposa —la reina de mi vida, la madre de mi hijo— estaba siendo convencida por una empleada infernal de que era sucia, loca y una carga. Mireya había aprovechado la vulnerabilidad de Valeria y mi ausencia para destruirle la mente poco a poco.
No pude contenerme. Mi voz retumbó por toda la casa cuando grité:
—¡¿QUÉ LE ESTÁS HACIENDO A MI ESPOSA?!
Mireya dio un salto del susto. Se le cayó el plato de fruta. Cuando me vio de pie en el pasillo, temblando de rabia y con los puños cerrados, se le borró el color del rostro.
—¡S-señor Alejandro! N-no sabía que ya había llegado… l-lo que pasa es que la señora Valeria se volvió loca de repente, ella misma se aventó el agua sucia…
—¡CÁLLATE, MALDITA! —rugí.
Caminé directo hacia ella y de una patada lancé la mesita que tenía enfrente, haciendo añicos el cristal.
—¡Lo escuché todo! ¡Lo vi todo! ¿Le hiciste creer a mi esposa que yo la desprecio?
Corrí hacia Valeria. La levanté enseguida del piso helado. Todo su cuerpo temblaba y evitaba mirarme.
—A-Alejandro… perdón… estoy sucia… no quiero ensuciarte a ti también… —susurró llorando, tratando de esconder sus brazos enrojecidos.
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