Las rosas blancas empezaban a marchitarse.
Camila Herrera se aferró a ese pequeño y terrible detalle porque era más fácil que enfrentar todo lo demás. Una hora antes, el ramo había sido perfecto. Pétalos frescos. Fragancia delicada. Tallos húmedos de vida, como una promesa aún intacta.
Ahora los bordes se volvían marrones.
Se encogían hacia adentro.
Como si intentaran protegerse del dolor.
Camila sabía exactamente lo que eso significaba.
La iglesia de San Miguel Arcángel, en el corazón histórico de Guadalajara, estaba llena.
Trescientas personas ocupaban las bancas pulidas. Familias de apellidos antiguos. Mujeres cubiertas de diamantes. Empresarios. Políticos. El círculo social de su madre. Hombres fingiendo solemnidad mientras devoraban el escándalo con la mirada.
Trescientas personas observando a una novia sola en el altar.
Esperando a un hombre que no iba a llegar.
—Estoy segura de que hubo tráfico en la carretera —había susurrado su madre media hora antes, con una sonrisa demasiado tensa para ser creíble.
—Llegará en cualquier momento —añadió su padre quince minutos después, aunque su rostro ya tenía el color de la ceniza.
Ahora nadie decía nada.
El vestido de encaje marfil le apretaba las costillas como un puño. Respirar se había vuelto un acto consciente.
Inhala.
Exhala.
No te desmayes.
No llores.
No les des el gusto de verte romperte.
Aun así, podía escucharlos.
Los susurros se deslizaban entre las bancas como serpientes.
—Ya casi es una hora…
—Escuché que Julián fue visto saliendo rumbo al norte anoche…
—¿Y aun así planeaba casarse?
—Bueno… parece que la señorita Herrera se arregló para nada…
Ese comentario le atravesó la espalda.
Mantuvo la barbilla en alto.
No se giraría.
No les daría su rostro destruido.
En cambio, fijó la mirada en el vitral sobre el altar, donde un santo parecía observarla con una piedad insoportable.
Entonces, las puertas de la iglesia se abrieron.
Su corazón dio un vuelco.
Se giró con una esperanza desesperada, humillante, convencida por un segundo salvaje de que Julián Castillo había llegado por fin. Sin aliento. Arrepentido. Con alguna explicación absurda que pudiera salvar lo que quedaba de su vida.
Pero no era Julián.
Era su hermano.
Alejandro Castillo caminó por el pasillo vestido completamente de negro, como si asistiera a un funeral en lugar de una boda. Alto, impecable, con rasgos severos y una presencia tan dominante que toda la iglesia quedó en silencio sin que él lo pidiera.
Entonces sus ojos grises encontraron los de ella.
Y Camila sintió lo mismo que siempre había sentido cuando estaba cerca de él:
La sensación de ser vista demasiado claramente.
Julián solía bromear diciendo que su hermano mayor había nacido viejo. Que Alejandro estaba hecho de piedra. El guardián oscuro del imperio familiar. Camila siempre reía por cortesía.
Pero nunca se había sentido cómoda cerca de él.
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