Aquella noche, el hospital estaba tan silencioso que resultaba inquietante.
Lo único que se escuchaba era el sonido constante del respirador en la habitación fría.
Yo — Valeria — estaba inmóvil en la cama de la UCI después del accidente que mi propio esposo había provocado.
Los médicos decían que estaba inconsciente… pero mis oídos podían escuchar absolutamente todo.
Cada palabra.
Cada susurro.
Como cuchillos clavándose en mi corazón.
La puerta de la habitación de cuidados intensivos se abrió lentamente.
—¿Qué haces aquí a esta hora? —susurró una mujer.
Reconocí esa voz de inmediato.
Era Camila, la amante joven de mi esposo.
Mi marido — Alejandro — respondió en voz baja, pero cada palabra sonaba como la confesión de un criminal.
—Esta noche es el mejor momento. Solo tenemos que quitarle el respirador… mañana diremos que no sobrevivió. Nadie lo sabrá.
Lo escuché con claridad.
Todo mi cuerpo se llenó de escalofríos.
Quise gritar.
Quise levantarme.
Pero mi cuerpo estaba completamente paralizado.
Camila preguntó con la voz temblorosa:
—¿Estás seguro? ¿Y si los médicos revisan?
Alejandro soltó una pequeña risa fría.
—A esta hora nadie revisa. Además… —dijo con desprecio— cuando alguien está muerto, ya no importa quién revise.
Los dos se acercaron a mi cama.
El sonido de sus pasos sobre el piso de baldosas hizo que mi corazón quisiera salir de mi pecho.
Alejandro tocó el tubo del respirador.
Sentí cada mínima vibración.
—Nos vamos a casar —le susurró a su amante—. Te lo prometo.
Camila lo abrazó y apoyó la cabeza en su hombro… justo al lado de la cama donde su esposa legítima luchaba por seguir viva.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro.
—Está bien… —dijo Alejandro—. Voy a hacerlo ahora.
Levantó la mano…
Pero justo en el instante en que tocó el tubo del respirador…
Pero justo en el instante en que Alejandro tocó el tubo del respirador…
La puerta de la habitación se abrió de golpe.
—¡¿Qué demonios están haciendo aquí?!
La voz firme del doctor Ramírez resonó en toda la UCI.
Alejandro retiró la mano como si el tubo estuviera ardiendo. Camila dio un paso atrás, pálida.
—Doctor… nosotros… —balbuceó Alejandro.
—Las visitas terminaron hace horas —dijo el médico con el ceño fruncido—. ¿Quién los dejó entrar?
Camila intentó improvisar.
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