—Solo… queríamos verla…
Pero el doctor Ramírez no parecía convencido. Miró el monitor cardíaco, el respirador… luego volvió a mirarlos a los dos.
—Salgan de la habitación. Ahora.
Alejandro asintió rápidamente, tratando de parecer tranquilo. Tomó del brazo a Camila y ambos salieron.
La puerta se cerró.
El silencio volvió.
Yo seguía inmóvil… pero mi mente ardía.
Sabía la verdad.
Mi propio esposo había provocado el accidente.
Y ahora había venido a terminar el trabajo.
Durante los siguientes dos días fingí seguir inconsciente.
Escuchaba todo.
Enfermeras hablando.
Médicos revisando mi estado.
Y, sobre todo… las conversaciones de Alejandro cuando venía a “visitarme”.
Una tarde, cuando creyó que nadie lo escuchaba, lo oí hablar por teléfono.
—Todo salió mal —susurró—. Casi lo hago, pero entró el médico.
Pausa.
—No, todavía no ha despertado.
Pausa otra vez.
—Cuando muera, todo el dinero será mío. La casa en Polanco, la empresa… todo.
Sentí un fuego recorrer mi cuerpo.
Entonces lo entendí.
No era solo odio.
Era dinero.
Mi herencia familiar.
Lo que Alejandro nunca supo… es que mi padre había dejado algo más que dinero.
Había dejado contactos.
Tres días después, abrí los ojos por primera vez.
La enfermera casi gritó de alegría.
—¡Doctores! ¡La paciente despertó!
Todo fue un torbellino.
Exámenes.
Preguntas.
Luces.
Pero cuando el doctor Ramírez se inclinó sobre mí, le susurré con voz débil:
—Doctor… necesito hablar con la policía.
Su expresión cambió de inmediato.
Horas después, dos agentes de la Fiscalía de la Ciudad de México estaban junto a mi cama.
Les conté todo.
Cada palabra que escuché.
Cada amenaza.
Cada plan.
El agente Morales tomó notas lentamente.
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