Mi nombre es Diego Ramírez. Tengo 27 años y desde hace tres trabajo en Vallejo & Asociados, una firma ubicada en la Ciudad de México, en uno de esos edificios relucientes de Paseo de la Reforma con pisos de mármol y gente de traje impecable. Todos parecen importantes. Todos parecen correr hacia algo más grande.
Para mí, es solo un trabajo. Llego temprano, me voy tarde y hablo poco. No soy el que alza la voz en las juntas ni el que hace bromas en el “after office”. Escucho. Tomo notas. Me aseguro de que nada falle detrás de escena. En la oficina probablemente me ven como confiable pero aburrido, el tipo seguro, el invisible. Fuera del trabajo, mi vida es sencilla.
Rento un departamento pequeño en la colonia Narvarte. Paredes delgadas, vista a un callejón de ladrillo. Los fines de semana son para dormir, ver a mis amigos de la universidad o visitar a mi mamá en Nezahualcóyotl. Siempre me pregunta cuándo me van a ascender o cuándo voy a tener novia. Yo sonrío y cambio el tema. Nunca he buscado atención. Desde niño fui callado, buenas calificaciones, nunca levantaba la mano si no era necesario.
La universidad fue igual. Estudié Finanzas en el ITAM, trabajé medio tiempo y casi no iba a fiestas. Siempre creí que el esfuerzo hablaría por mí algún día.
Tres días antes de que todo cambiara, estaba en la sala de juntas con un café horrible de la máquina, revisando mi celular mientras todos hablaban de fechas de entrega y planes de fin de semana.
Yo ignoraba el ruido y me concentraba en mi laptop. Estaba revisando los números del proyecto Hernández, un contrato grande con una empresa de Monterrey.
La puerta se abrió y el murmullo se apagó.
Entró Alejandra Torres.
Nuestra gerente senior. Treinta y cinco años, la más joven en alcanzar ese puesto en la firma. Inteligente, directa, siempre de traje oscuro. Sin conversaciones vacías, sin palabras desperdiciadas.
Impone respeto sin necesidad de gritar.
La admiraba a distancia. Apenas habíamos intercambiado algunos correos y saludos breves en el pasillo.
Dejó una carpeta gruesa sobre la mesa.
—Proyecto Hernández. Viaje de tres días a Monterrey. Salimos mañana por la noche. Necesito que alguien venga conmigo.
El director del área, el licenciado Salgado, se inclinó hacia adelante enseguida.
—Puedo ir yo o asigno a uno de los analistas senior.
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