“Solo Queda Una Habitación… Dormir Junto a Mi Jefa Lo Cambió Todo”

“Solo Queda Una Habitación… Dormir Junto a Mi Jefa Lo Cambió Todo”

Alejandra ni siquiera lo miró.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Diego Ramírez vendrá.

La sala se congeló.

Sentí el calor subir a mi cara. Todos me miraban. El licenciado Salgado frunció el ceño.

—Con respeto, Alejandra, todavía le falta experiencia. Es una negociación importante.

Su voz se mantuvo firme.

—Elijo por capacidad. El trabajo de Diego con los números fue sólido. Hizo las preguntas correctas. Eso es lo que necesitamos.

Intentaron discutir, pero ella cerró la junta.

Cuando todos salieron, sentí las miradas clavadas en mi espalda. Alejandra me entregó la carpeta.

—Revisa todo. El vuelo sale a las diez de la noche. No llegues tarde.

Esa noche casi no dormí. Estaba orgulloso… y aterrado.

Podía cambiar mi carrera o arruinarla.

Nos encontramos al día siguiente en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. El cielo estaba cubierto de nubes negras. El vuelo se retrasó varias veces por una tormenta.

Alejandra trabajaba en su laptop. Yo releía mis notas una y otra vez. La lluvia golpeaba los ventanales.

Aterrizamos en Monterrey después de la una de la mañana. El viento era fuerte, la lluvia intensa.

Tomamos un taxi y empezamos a buscar hotel desde el celular.

Todo lleno.

Precios absurdos.

—Prueba en el Hotel Mirador —dijo ella.

Llamé. Después de una larga espera, el recepcionista respondió:

—Solo nos queda una habitación… cama king.

Me quedé paralizado.

Alejandra me quitó el teléfono.

—Resérvala.

El taxi se detuvo frente al hotel, el letrero iluminado parpadeando bajo la lluvia.

Subimos a la habitación.

Era pequeña. Una cama grande y una sola silla en la esquina. Sin sofá.

Sentí que el corazón se me hundía.

—Yo duermo en la silla —dije rápido.

Ella miró alrededor.

—Eso no es ni una silla cómoda.

—Puedo arreglármelas.

Me observó unos segundos.

—Está bien… pero mañana no quiero que estés agotado.

Entró al baño.

Me cambié y me senté a revisar documentos. Cuando salió, llevaba el cabello suelto y un suéter cómodo. Se veía distinta. Más cercana.

—Esa silla te va a destrozar la espalda —dijo—. La cama es grande. Solo quédate en tu lado.

Sentí que me ardían las mejillas.

—No quiero que esto sea raro.

—No es raro. Somos adultos.

Dudé… y me acosté en el borde, dándole la espalda.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top