En el corazón de la Selva Lacandona, donde la niebla no se levanta, sino que se funde con las copas de los ceibas gigantes, el tiempo tiene otro ritmo. Allí, donde los mapas satelitales a menudo fallaban y las carreteras morían en un lodo pegajoso, vivía el Doctor Manuel Grajales.
Su consultorio no tenía paredes de azulejos blancos ni el zumbido del aire acondicionado. Era una mochila de lona militar, remendada docenas de veces, un estetoscopio cuyo metal se había oscurecido por la humedad, y un cuaderno de contabilidad viejo, lleno no de números, sino de nombres, fechas de nacimiento y descripciones de dolores que ningún libro de texto mencionaba.
El pueblo de Nueva Esperanza, donde Manuel pasaba la mayor parte de su tiempo, quedaba suspendido en el vacío durante la implacable temporada de lluvias. El río Jataté, que en verano era una cinta mansa de agua turquesa, se transformaba en una bestia marrón que devoraba las orillas y rugía con la fuerza de mil jaguares.
No había puente. No había balsa segura. Solo el aislamiento total. Los maestros se marchaban, las campañas de vacunación del gobierno se cancelaban, y el mundo exterior olvidaba que allí, entre el vapor y el verde infinito, palpitaba la vida.
Pero la fiebre no respetaba las crecidas del río.
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