El millonario se sentó a su lado. “Hijo, sé que extrañas a la empleada, pero la vida sigue. Te acostumbrarás”.
Mateo finalmente levantó la vista, clavando en su padre una mirada cargada de una intensidad aterradora. “Tú no entiendes nada, papá. Estás decepcionado de ella por alguna mentira que inventaste, pero yo estoy decepcionado de ti. ¿Quieres saber qué hacía Alma cuando tú estabas ocupado haciéndote más rico?”. Mateo se puso de pie, empujando la silla. “¿Te acuerdas hace 2 meses, cuando tuve 39 grados de fiebre y tú te fuiste a cerrar un trato a Monterrey? Dijiste que la enfermera vendría, pero se te olvidó llamarla. Alma se quedó toda la madrugada poniéndome trapos de agua fría. Me hizo caldo de pollo y durmió en el suelo al lado de mi cama para cuidarme”.
Las palabras cayeron como ácido en la conciencia de Alejandro. Recordaba aquel viaje, pero jamás preguntó quién había cuidado de su hijo.
“Y hay más”, continuó el niño, llorando de rabia. “El mes pasado, en mi cumpleaños número 8, a ti se te olvidó por completo. ¿Sabes quién me compró el robot armable que yo quería? ¡Alma! Lo compró ahorrando de su propio sueldo por 2 meses. Me trajo un pastelito y me cantó las mañanitas. Tú la corriste, pero ella era mi verdadera familia”.
Alejandro sintió que le faltaba el aire. Había asumido que el juguete lo había mandado a comprar su asistente. Saber que una empleada doméstica de escasos recursos había sacrificado sus ingresos para darle a su hijo el amor que él mismo le había negado, lo destruyó por dentro.
Justo en ese momento, el timbre de la mansión sonó con una urgencia ensordecedora. Alejandro, con la mente nublada por la culpa, abrió la puerta para encontrarse con Doña Esperanza, la vecina, quien estaba pálida y agitada.
“¡Alejandro, tienes que venir conmigo ahora mismo! Se trata de Alma”, exigió la mujer mayor, sin siquiera saludar.
“¿Qué pasó con ella?”, preguntó Alejandro, sintiendo un nudo en el estómago, mientras Mateo corría hacia la puerta al escuchar el nombre.
“Ayer no me podía sacar de la cabeza la forma en la que la trataste. Mandé a mi chofer a buscarla a su casa en Valle de Chalco para ofrecerle ayuda. Cuando mi chofer llegó, encontró la puerta abierta. Alma estaba tirada e inconsciente en el piso de cemento, y el pobre Leo estaba a su lado, llorando y gritando por ayuda. La llevamos de urgencia al hospital público”.
La sangre de Alejandro se heló. “¿En qué hospital está? Lléveme, por favor”, suplicó, agarrando las llaves de su camioneta. Mateo se aferró a la pierna de su padre, exigiendo ir con ellos.
El trayecto fue un silencio sepulcral. Al llegar al hospital saturado, el olor a desinfectante y la multitud de gente humilde golpearon la realidad de Alejandro. En la cama 42 de urgencias, rodeada de monitores, estaba Alma. Lucía frágil, conectada a un suero, con el pequeño Leo aferrado a su mano. Al ver entrar a Alejandro y a Mateo, Alma intentó incorporarse, avergonzada.
“Señor Alejandro… no tenía que venir”, susurró ella con voz débil. Mateo corrió a abrazarla, llorando sobre su pecho.
Un médico exhausto se acercó con una tabla de apuntes. “¿Ustedes son los familiares de la paciente?”, preguntó.
“Yo me hago responsable de ella, doctor. Dígame qué tiene”, respondió Alejandro con firmeza.
“La señora Alma lleva meses ocultando una afección cardíaca grave. Ha estado trabajando hasta el agotamiento extremo porque tiene pánico de perder sus ingresos. Necesita una cirugía urgente para colocarle una válvula. Si no la operamos en menos de 3 días, las consecuencias serán fatales. El problema es que el costo del procedimiento y los insumos rondan los 500000 pesos, y ella nos ha dicho que la demos de alta porque no tiene cómo pagarlo”.
El silencio fue aplastante. Alma bajó la mirada, derramando lágrimas de impotencia. Alejandro sintió el peso aplastante de su miserable actitud. Había despedido a una mujer que literalmente se estaba matando trabajando para mantener a su hijo y para cuidar al suyo.
Alejandro se acercó a la cama, cayendo de rodillas frente a ella. Todo su orgullo y soberbia se hicieron polvo. “Alma, te pido perdón. Te corrí de mi casa porque soy un idiota ciego. Encontré un frasco de medicina carísima que faltaba en mi botiquín escondido en la alacena, y pensé que me estabas robando”.
Alma abrió los ojos de par en par, impactada. “¡Señor, por Dios! Esa medicina no era suya. Hace 1 semana Leo tuvo una infección terrible. Yo fui a la farmacia del ahorro y gasté lo poco que tenía para comprar el genérico. Lo dejé en su alacena por error mientras le preparaba la cena a Mateo. Jamás le robaría un solo peso”.
La revelación fue el golpe de gracia. Alejandro rompió a llorar, un hombre poderoso llorando de rodillas en un hospital público. Había arruinado la vida de la mujer más noble que conocía basándose en un prejuicio clasista asqueroso. La acusó de ladrona mientras ella invertía su dinero en cuidar a un niño enfermo.
“Doctor”, dijo Alejandro, levantándose de golpe y secándose las lágrimas. “Trasládenla al mejor hospital privado de la ciudad ahora mismo. Yo pagaré los 500000 pesos de la cirugía y todo lo que necesite su recuperación. Que no le falte nada”.
La cirugía fue un éxito absoluto. Tres semanas después, Alma estaba completamente recuperada. Pero Alejandro sabía que pagar una factura médica no borraba su error. La citó en su corporativo en Santa Fe. Cuando Alma llegó, nerviosa y humilde, Alejandro le presentó un contrato.
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