PARTE 1
—No, Mariana. Ese dinero no será para una casa. Se lo voy a gastar a mi mamá en Cancún. Tú eres gerente, tú vuelves a ganar más.
Mariana Rivas se quedó inmóvil, sentada en la orilla de la cama, todavía con el vestido blanco colgado en la puerta del clóset y las horquillas del peinado regadas sobre el buró. Hacía apenas unas horas había terminado su boda con Sergio Valdés, el hombre que, según ella, por fin era distinto.
En la colcha estaban los sobres que los invitados les habían dado durante la fiesta. Billetes acomodados por montones, tarjetas con buenos deseos, nombres de tíos, primos, compañeros de trabajo. Mariana había propuesto guardar todo para empezar un patrimonio juntos. Tal vez un enganche, tal vez una cuenta de ahorro, tal vez algo que fuera de los dos.
Pero Sergio tomó el sobre más grande como si ya le perteneciera.
—Mi mamá nunca ha ido al mar —dijo, sin mirarla con culpa—. Toda su vida trabajó por mí. Se merece algo bonito.
Mariana respiró despacio. No gritó. No lloró. Solo lo observó.
Tenía treinta años, un divorcio a cuestas y una promesa hecha a sí misma: nunca más volvería a mantener a un hombre que la confundiera con una cartera.
Su primer marido, Diego, había sido igual, aunque con otro disfraz. Fotógrafo “artista”, decía él. Compraba lentes, cámaras y cursos carísimos con el dinero de ella, pero jamás aceptaba trabajos porque “los eventos mataban su creatividad”. Mariana aguantó tres años hasta que un día entendió que no tenía esposo, tenía un hijo adulto con barba.
Después del divorcio, se encerró en el trabajo. Había empezado como vendedora en una tienda de muebles de lujo en Guadalajara y, gracias a su disciplina, llegó a ser gerente general. Don Ernesto, el dueño de la cadena, la había descubierto cuando ella apenas tenía veintidós años. Mariana sabía vender, negociar, escuchar y cerrar contratos con clientes difíciles.
Con los años compró un departamento, luego otro para rentar, después una casa de descanso en las afueras de Chapala. Pero casi nadie lo sabía. Vestía elegante sin presumir marcas, manejaba un auto sencillo y nunca hablaba de sus cuentas.
Cuando conoció a Sergio, le pareció un hombre simple y honesto. Era administrador en una constructora, vivía en un departamento rentado y cuidaba mucho a su madre, doña Carmen. La invitaba a cenar tacos, al cine, al malecón, no a lugares caros. Le llevaba peonías blancas porque una vez escuchó que eran sus favoritas. Mariana pensó que esa humildad era amor.
Aun así, decidió no contarle todo. Le dijo que el departamento donde vivía era rentado. No mencionó las propiedades, ni los ahorros, ni la casa de Chapala. Quería saber si Sergio amaba a Mariana, no a la gerente exitosa.
El día que él le pidió matrimonio, al atardecer, con voz temblorosa y un anillo sencillo, ella dijo que sí. Quiso creer.
La boda fue íntima, con música norteña suave, comida casera elegante y familiares emocionados. Doña Carmen, sin embargo, pasó toda la noche pegada a su hijo, mirando a Mariana como si estuviera midiendo cuánto podía sacarle.
Y ahora, frente a los sobres de dinero, todo quedaba claro.
—Sergio —dijo Mariana con una calma que a él le pareció obediencia—, ese dinero nos lo dieron a los dos.
—Y por eso lo usaré en algo importante —respondió él—. Mi mamá ha sufrido mucho. Además, tú no tienes problema. Tú eres gerente, tú ganas bien.
La frase le cayó como agua helada.
No dijo nada más. Se levantó, fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Desde la ventana vio las luces de la ciudad y sintió que algo dentro de ella se apagaba para siempre.
Esa noche Sergio durmió tranquilo, abrazando el sobre como si hubiera ganado una apuesta. Mariana no pegó los ojos. Antes de que amaneciera ya había tomado una decisión tan fría como definitiva.
Y lo que hizo al día siguiente nadie en esa familia se lo pudo imaginar…
PARTE 2
A la mañana siguiente, Sergio despertó feliz, como si hubiera comenzado la mejor etapa de su vida. Preparó café, abrió su laptop y empezó a buscar paquetes todo incluido para Cancún.
—Mira este hotel, Marianita —dijo, girando la pantalla—. Cinco estrellas, buffet, playa privada. A mi mamá le va a encantar.
—¿Cuándo piensas irte? —preguntó ella.
—Pasado mañana. Dos semanas. Aprovechamos antes de que suban los precios.
Mariana levantó la mirada.
—¿Te vas dos semanas después de nuestra boda… con tu mamá?
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