PARTE 1
—Que coma en la cocina. Con esa facha no va a sentarse con el licenciado Ramírez.
Mi madre lo dijo señalando a mi esposa como si Marisol fuera una vergüenza pegada a las paredes de nuestra casa. Yo estaba de pie junto al comedor, con la camisa recién planchada, el cinturón ajustado y una sonrisa falsa que me ardía en la cara. Afuera acababan de tocar el timbre. Mi jefe venía con su esposa a cenar, y yo llevaba días repitiéndome que esa noche podía cambiar mi futuro en la empresa.
Marisol llevaba desde las seis de la mañana en la cocina. Había preparado mole, arroz rojo, frijoles de la olla, ensalada de nopales, agua de jamaica y un flan que mi madre pidió a última hora “para no quedar mal”. Cuando la vi por la rendija de la puerta, tenía el cabello recogido de cualquier manera, la blusa húmeda por el calor de la estufa y las manos enrojecidas de lavar trastes.
Me dolió verla así, pero no dije nada.
Doña Carmen, mi madre, se acercó a mí y murmuró:
—Daniel, no seas ingenuo. Tú sabes cómo mira la gente. ¿Qué va a pensar tu jefe si ve que tu mujer parece sirvienta? Una esposa debe representar bien al marido.
Yo tragué saliva. Quise defenderla, quise decir que esa comida no se había hecho sola, que la casa olía a hogar por ella, que Mateo, nuestro hijo, estaba limpio y dormido porque ella también se había encargado. Pero mi cobardía fue más grande que mi amor.
Cuando abrí la puerta, el licenciado Ramírez entró con una botella de vino y una sonrisa amable. Su esposa, elegante y seria, elogió el olor de la comida apenas cruzó la sala.
—Huele delicioso —dijo—. Su esposa debe cocinar increíble.
Sentí un golpe en el pecho. Marisol apareció en la entrada de la cocina, secándose las manos con un trapo. Sus ojos buscaron los míos, esperando una señal para acercarse, para presentarse, para ocupar su lugar.
Pero mi madre carraspeó detrás de mí.
Y yo bajé la mirada.
Me acerqué a Marisol fingiendo prisa.
—Amor, mejor quédate acá abajo un ratito —le dije en voz baja—. El comedor está muy apretado y tú estás cansada. Come tranquila en la cocina.
Ella se quedó inmóvil. Por un segundo pensé que no me había escuchado.
—¿En la cocina? —preguntó despacio—. ¿Me estás diciendo que coma escondida mientras tú presentas a todos la cena que yo hice?
—No empieces, por favor —susurré, sintiendo que la voz se me endurecía—. Es una noche importante. No quiero problemas.
Marisol miró hacia la sala, donde mi madre ya servía agua como si fuera la dueña de todo. Luego volvió a mirarme.
—¿Problema soy yo?
No respondí.
Ese silencio fue peor que cualquier insulto.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró. Se quitó el mandil con una calma que me dio miedo y lo dejó sobre la silla.
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