“Yo no pedí transporte. Voy a tomar 1 taxi”, tartamudeó Valeria, retrocediendo 1 paso.
“No fue 1 pregunta”, dijo el hombre, abriendo la pesada puerta blindada. “El niño despertó. Y la necesita. Por las buenas, o nos la llevamos por las malas. Usted decide”.
Con el corazón latiendo a 1000 por hora y las miradas curiosas de decenas de viajeros sobre ella, Valeria subió a la camioneta. El trayecto duró 40 minutos hasta llegar a San Pedro Garza García, adentrándose en 1 zona exclusiva custodiada por hombres con radios y armas largas visibles bajo sus camisas. La mansión de Alejandro era 1 fortaleza moderna, rodeada por muros de 4 metros de altura.
Al cruzar la puerta principal de madera tallada, Doña Carmen, 1 mujer de unos 60 años con el rostro curtido pero amable, la guió apresuradamente hasta la segunda planta. “Ándele, mija. El niño no soporta a nadie más”, murmuró la anciana santiguándose.
En la inmensa habitación infantil, Alejandro caminaba de un lado a otro. Se había quitado el saco y llevaba la camisa remangada, revelando tatuajes oscuros en sus antebrazos. Mateo lloraba débilmente. En cuanto Valeria extendió los brazos, Alejandro se lo entregó con 1 suspiro de derrota. Apenas el bebé sintió el latido del corazón de Valeria, se calmó.
“Te ofrezco 1 millón de pesos por quedarte 7 días”, soltó Alejandro de golpe, sin rodeos. “Solo 1 semana. Hasta que el pediatra logre hacer la transición a 1 fórmula especial. No te faltará nada, pero no puedes salir de esta casa”.
Valeria abrió mucho los ojos. “Yo no quiero su dinero, señor Cárdenas. Tengo mi vida, mi trabajo…”
“Tu vida ahora está ligada a la mía”, la interrumpió él, acortando la distancia entre ambos. Su olor a loción cara y pólvora la envolvió. “En mi mundo, en el norte, la ‘Madre de Leche’ de 1 heredero se convierte en intocable. Eres parte de la familia ahora, lo quieras o no. Y eso te pone 1 blanco en la espalda”.
Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Durante los siguientes 3 días, la mansión se convirtió en su jaula de oro. Alimentaba a Mateo cada 4 horas. En los momentos de quietud, Alejandro se sentaba en 1 sillón de cuero en la esquina de la habitación, observándola en silencio. Extrañamente, la hostilidad entre ellos comenzó a disolverse. Él le confesó cómo la violencia le había arrebatado a Sofía y cómo su imperio de sangre lo estaba asfixiando. Valeria, a su vez, lloró contándole sobre los últimos 5 días de vida de su hija en terapia intensiva. 2 almas rotas encontrando consuelo en la respiración pacífica de 1 bebé.
Pero la paz en el mundo de la mafia es solo 1 ilusión antes de la tormenta.
La noche del día 4, la mansión tembló. No fue un sismo. Fue el estruendo de 1 detonación en los portones principales. Las alarmas comenzaron a aullar a las 2 de la madrugada. Valeria saltó de la cama y corrió hacia la cuna de Mateo, tomándolo contra su pecho.
La puerta de la habitación se abrió de una patada. Alejandro entró, llevaba 1 chaleco táctico negro y 1 rifle de asalto en las manos. Sus ojos reflejaban 1 furia demoníaca. “¡Nos traicionaron! 1 de mis hombres le vendió la información a los Salazar. Saben que estás aquí. Saben que el niño está débil”.
Los Salazar eran el cártel rival más sanguinario de Tamaulipas. Querían exterminar el linaje de Cárdenas, y usar a Valeria y al bebé era su jugada final.
“¡Sígueme y no te separes de mí!”, gritó Alejandro. El sonido de ráfagas de balas resonaba en los pasillos de mármol. El olor a humo comenzó a filtrarse. Valeria corría descalza, apretando a Mateo mientras los escoltas de Alejandro caían 1 a 1 intentando frenar el avance de los sicarios.
Llegaron a la biblioteca. Alejandro empujó 1 pesado librero revelando 1 pasadizo oscuro. “Baja. Esto lleva al túnel que conecta con el garaje subterráneo. Hay 1 camioneta lista”.
Mientras corrían por el túnel húmedo y claustrofóbico, Mateo rompió a llorar, asustado por los ruidos sordos de las explosiones arriba. “Shhh, mi amor, mi niño, estoy aquí”, susurraba Valeria, llorando de pánico.
Al salir al garaje, el hombre de la cicatriz ya estaba al volante del vehículo blindado. Subieron a toda prisa y la camioneta arrancó, reventando la puerta de acero oculta en la ladera del cerro. Salieron disparados hacia la oscura y sinuosa carretera de la Sierra Madre. Detrás de ellos, 3 camionetas de los Salazar aparecieron rompiendo la noche con sus faros, iniciando 1 persecución a muerte.
Las balas impactaban contra el cristal blindado, creando grietas que parecían telarañas a punto de ceder. Valeria abrazaba a Mateo contra el suelo del vehículo.
“¡No vamos a llegar a la casa franca!”, gritó el chofer, maniobrando violentamente en 1 curva.
Alejandro miró a Valeria. Su rostro, siempre duro e impenetrable, se suavizó por 1 fracción de segundo, mostrando 1 amor desgarrador que acababa de nacer. “Prométeme que cuidarás de mi hijo”, le dijo con la voz quebrada. “Prométeme que le dirás que su padre dio la vida por él… y por la mujer que le salvó la vida”.
“¡No! ¡Alejandro, no lo hagas!”, suplicó Valeria, entendiendo al instante su plan.
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