—¡Es mi casa! —gritó Damián—. ¡Y ella es mi mujer!
Don Arturo sacó entonces una carpeta café de su chamarra.
—Esa es otra mentira.
Damián se quedó quieto.
Camila miró a su papá, confundida.
Don Arturo puso varios papeles sobre la mesa.
—Esta casa no es tuya, Damián. Era de la tía Consuelo. Se la dejó a Camila cuando murió. Está a nombre de mi hija desde hace 4 años.
Damián apretó los dientes.
—Eso no tiene nada que ver.
—Sí tiene —dijo don Arturo—. Porque hace 2 semanas fuiste a buscarme al sitio de taxis y me pediste 65,000 pesos.
Camila sintió frío.
—¿Qué?
Doña Teresa lloró con más fuerza.
—Nos dijo que necesitabas una operación urgente, mija. Que tenías un tumor y no querías preocuparnos.
Camila miró a Damián como si acabara de ver a un desconocido.
Él había usado su nombre.
Su cuerpo.
Su miedo.
La enfermedad que nunca existió.
Todo para sacarle dinero a sus propios padres.
—¿Eso hiciste? —preguntó ella.
Damián soltó una risa nerviosa.
—Ay, Camila, no empieces. Era un préstamo. Yo lo iba a regresar.
Don Arturo sacó impresiones de conversaciones.
—También dijiste que ella iba a firmar unos papeles para “proteger la casa”.
La mujer del Ministerio Público tomó los documentos.
Su expresión cambió.
—¿Qué papeles?
Camila recordó la noche anterior.
Damián le había puesto una hoja frente a ella, diciendo que era un trámite bancario, algo rápido.
Pero cuando leyó con cuidado, encontró una frase que le heló la sangre: cesión de derechos.
Por eso se negó.
Por eso él explotó.
Por eso terminó con el ojo morado.
Doña Teresa mostró otro audio.
Era más corto.
Se escuchaba a Damián hablando por teléfono afuera de la casa, sin imaginar que lo estaban grabando.
“Ya casi cae. Si firma, vendemos la casa y nos vamos a Puebla. Sus papás ya soltaron lana, esos viejos ni cuenta se dan.”
La oficial levantó la vista.
—¿Con quién hablaba?
Damián intentó arrebatar el celular.
No alcanzó.
El otro policía lo detuvo.
En el jaloneo, el teléfono de Damián cayó al piso y la pantalla se encendió.
Llegó un mensaje nuevo.
“Amor, apúrate. Brenda ya tiene visto el departamento. ¿La sonsa ya firmó?”
Todos lo leyeron.
Camila también.
Y ahí se quebró lo poco que quedaba.
Brenda no era una compañera de trabajo.
No era una clienta intensa.
Era la mujer con la que Damián planeaba irse después de quitarle su casa.
Camila se quedó muy quieta.
No gritó.
No lo insultó.
No le preguntó desde cuándo.
Solo lo miró con una tristeza tan limpia que hasta Damián bajó los ojos.
—Me hiciste creer que yo estaba loca —dijo ella—. Que era celosa. Que exageraba. Que nadie me iba a creer.
Damián intentó acercarse.
—Camila, mi amor, escúchame…
Ella retrocedió.
—No. Ahora tú vas a escuchar.
La voz le temblaba, pero no se rompió.
—Me aislaste de mis amigas. Me quitaste mi dinero. Te burlaste de mis papás. Me pegaste. Inventaste una enfermedad para robarles 65,000 pesos. Y querías quitarme la casa de mi tía para irte con otra mujer.
Respiró hondo.
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