PARTE 1
El golpe en la cara de Camila no parecía de una caída.
Era un moretón oscuro, hinchado, imposible de esconder aunque ella se hubiera puesto corrector, base y el cabello de lado.
Estaba sentada en la cocina de su casa en Iztapalapa, fingiendo acomodar unos recibos del gas.
El café se le había enfriado.
Las manos le temblaban.
En la sala, Damián veía un partido de la Liga MX con una cerveza en la mano, descalzo, como si la casa, la mesa, el aire y hasta el miedo de Camila le pertenecieran.
Cuando sonó el timbre, ella se quedó tiesa.
—Abre —ordenó él sin quitar la vista de la tele—. Y no pongas esa cara, Camila. No hagas drama.
Ella caminó hacia la puerta con el corazón hecho bolita.
Afuera estaban sus papás.
Don Arturo y doña Teresa llegaron con una bolsa de bolillos, arroz rojo y un traste de tinga, como cada domingo.
Pero apenas Camila abrió, doña Teresa dejó de sonreír.
No vio la comida.
No vio la casa.
Solo vio el ojo morado de su hija.
—Mija… ¿quién te hizo eso?
Camila bajó la mirada.
—Me resbalé en el baño, ma.
Desde la sala, Damián soltó una risita seca.
—Ya ve, suegrita. Su hija anda toda distraída. Le digo que deje de andar pensando tonterías.
Don Arturo no dijo nada.
Solo apretó la bolsa de bolillos hasta que el plástico tronó.
Él había sido chofer de microbús casi 30 años. No era hombre de pleito, pero sabía leer el miedo en la cara de una persona.
Y Camila no tenía cara de haberse resbalado.
Tenía cara de haber suplicado.
Doña Teresa quiso tocarle el rostro.
—Déjame verte, mi niña.
Damián se levantó rápido.
No gritó.
No empujó.
Solo se puso junto a Camila, demasiado cerca, como sombra pegada a la pared.
—Ya dijo que fue accidente —dijo—. No empiecen con sus novelas, por favor.
Camila dejó de respirar por un segundo.
Sus papás lo notaron todo.
Los hombros encogidos.
Los labios partidos.
La forma en que su hija no se atrevía a mirarlos.
Doña Teresa iba a hablar, pero don Arturo le tomó la muñeca.
—Vámonos, Tere.
Camila levantó la cabeza.
—¿Ya se van?
La voz le salió chiquita, quebrada, como cuando tenía 8 años y se caía de la bicicleta.
Doña Teresa tragó saliva.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no la abrazó.
—Luego hablamos, mija.
Damián sonrió apenas.
Camila sintió que algo se le hundía en el pecho.
Sus papás habían visto el golpe.
Habían entendido.
Y aun así se iban.
La puerta se cerró despacio.
Damián esperó unos segundos.
Luego soltó una carcajada.
—Qué bonita familia tienes, ¿eh? Ven a su hija toda madreada y se van como si nada. Neta, hasta me dieron pena.
Camila se quedó junto a la puerta.
No podía moverse.
Él se acercó con la cerveza.
—¿Ya entendiste? Nadie va a meterse. Ni tu papá, ni tu mamá, ni tus amigas de la estética. Nadie.
Le levantó la cara con 2 dedos.
—Aquí mando yo. Y tú vas a hacer lo que yo diga.
Camila cerró los ojos.
El golpe de la noche anterior todavía le ardía.
Todo había empezado porque encontró mensajes en el celular de Damián. Una mujer llamada Brenda le escribía “mi amor” y preguntaba si “la sonsa ya firmó”.
Cuando Camila quiso reclamarle, él la llamó loca.
Después celosa.
Después inútil.
Y luego le cruzó la cara con tanta fuerza que cayó contra la puerta del clóset.
Damián dio otro trago.
—La próxima vez inventa algo mejor. Lo del baño sonó bien chafa.
Camila quiso contestar.
Pero entonces tocaron otra vez.
Damián se volteó furioso.
—¿Ahora qué chingados quieren?
Caminó hasta la entrada y abrió de golpe.
Al otro lado estaban don Arturo, doña Teresa, 2 policías y una mujer del Ministerio Público.
Camila sintió que el mundo se le detenía.
Porque sus papás no habían regresado con miedo.
Habían regresado con pruebas.
Y Damián no podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
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