PARTE 1
Cuando Diego Navarro escuchó que la poderosa familia Elizondo planeaba casarlo con una mujer en estado vegetativo, pensó que se trataba de una broma cruel. Estaba en el patio de servicio de la inmensa mansión en San Pedro Garza García, limpiando la grasa de sus manos tras reparar la camioneta del patrón, cuando don Roberto Elizondo lo mandó llamar al despacho principal. Su madre, doña Carmen, había trabajado para esa familia durante 25 años. Había pulido sus pisos de mármol, cocinado sus banquetes y soportado humillaciones en silencio porque el salario apenas cubría sus tratamientos de diálisis. Diego había crecido en el cuarto de servicio como un fantasma: útil para el trabajo pesado, invisible cuando había visitas.
—Muchacho —dijo don Roberto, dándole un trago a su vaso de tequila—, es hora de que pagues todo lo que esta familia ha hecho por ti y por tu madre.
Sentado en un sillón de cuero estaba Mauricio, el hijo legítimo de los Elizondo, revisando su celular con evidente fastidio. A su lado, su madre, doña Leonor, miraba a Diego con el desprecio de quien observa a un insecto.
—El patriarca de la familia De la Garza busca un esposo para su nieta —explicó Roberto, clavando su mirada fría en el joven—. Valeria De la Garza lleva 2 años en coma tras un accidente. Su abuelo, desesperado, trajo a un curandero de Catemaco que le aseguró que la joven despertaría si se casaba con un hombre nacido exactamente el 14 de octubre a las 3 de la tarde. Mauricio nació en ese momento exacto. Pero comprenderás que mi hijo no va a arruinar su futuro amarrándose a un vegetal.
Diego sintió un nudo en el estómago.
—Entonces quieren que vaya yo en su lugar.
—Naciste el mismo día y a la misma hora que Mauricio, en la clínica del seguro social —intervino Leonor con voz afilada—. Nadie notará la diferencia si te pones uno de sus trajes.
—No puedo hacer eso, es un delito. Es un engaño imperdonable —respondió Diego, retrocediendo un paso.
Mauricio soltó una carcajada burlona.
—¿Engaño? Deberías besar el suelo que pisamos. Pasarás de ser el hijo de la sirvienta a vivir en la residencia más lujosa de Monterrey.
Diego pensó en su madre, quien en ese momento estaba en la cocina, con el rostro pálido y las manos temblorosas.
—Mi madre me necesita. No la voy a dejar sola en este lugar —dijo Diego con firmeza.
La sonrisa de don Roberto se borró de inmediato, revelando su verdadera naturaleza.
—Tu madre está muy enferma, Diego. Sería una verdadera lástima que mañana mismo la echáramos a la calle y le canceláramos el seguro médico que le paga la diálisis. Le quedan pocos meses sin ese tratamiento.
El silencio en la habitación fue absoluto. No le estaban ofreciendo un trato; le estaban poniendo una pistola en la cabeza.
Esa misma noche, Diego empacó sus pocas pertenencias en una mochila. Abrazó a su madre, prometiéndole que todo sería temporal y que encontraría la forma de sacarla de esa casa. Horas después, un auto blindado lo dejó frente a la imponente residencia de los De la Garza. Don Eugenio, el abuelo de Valeria, lo recibió con una mirada cansada pero llena de esperanza.
—Desde hoy, eres parte de mi sangre —le dijo el anciano, abrazándolo—. No te llamaré yerno, te llamaré nieto.
La culpa casi aplasta a Diego. Cuando lo llevaron a la habitación de Valeria, el impacto lo dejó sin aliento. Ella yacía entre sábanas de seda, conectada a 3 máquinas que marcaban el ritmo de su corazón. Era hermosa, con un rostro tan sereno que parecía estar sumergida en un sueño profundo.
Durante los siguientes 15 días, Diego durmió en un sillón junto a la ventana. Jamás se atrevió a tocarla sin permiso. Le abría las cortinas para que sintiera el sol de la mañana, le ponía música y le hablaba durante horas. Le contaba cómo extrañaba los tacos de la esquina de su barrio, y cómo, en sus ratos libres, dibujaba planos de casas ecológicas soñando con ser un gran arquitecto.
—No sé quién eras antes de esto —le susurraba Diego una noche, acomodándole la manta—, pero te juro que mientras yo esté aquí, nadie te va a tratar como a un mueble.
Justo en ese instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Era Mauricio Elizondo, quien había entrado a la casa sobornando a los guardias. Llevaba una jeringa en la mano y una sonrisa macabra en el rostro.
—Ya me cansé de esperar, Diego —susurró Mauricio, acercándose a la cama—. Mi padre necesita que esta estúpida muera esta noche para que tú heredes las acciones y nos las traspases. Sujétala.
Diego se interpuso violentamente, pero en ese preciso instante, el monitor cardíaco comenzó a pitar con una fuerza ensordecedora, y los dedos de Valeria se aferraron con desesperación a la sábana.
Resultaba imposible creer la pesadilla que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
Mauricio se paralizó al escuchar el estruendo del monitor, pero Diego no perdió un solo segundo. Con un movimiento rápido y brutal, empujó al hijo de los Elizondo fuera de la habitación y cerró la puerta con seguro.
—¡Estás loco, te vas a arrepentir de esto, muerto de hambre! —gritó Mauricio desde el pasillo, antes de huir apresuradamente al escuchar los pasos de los enfermeros que se acercaban.
Cuando Diego se giró hacia la cama, sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Valeria tenía los ojos abiertos. Desorientada, pálida y temblando, lo miraba fijamente. Los médicos irrumpieron en el cuarto, desatando un caos de luces, gritos de asombro y lágrimas del viejo don Eugenio. Valeria había regresado del abismo.
Horas más tarde, cuando la habitación por fin quedó en silencio y solo ellos 2 permanecieron adentro, Valeria giró su rostro hacia Diego. Su voz era un susurro rasposo, pero cargado de una lucidez aterradora.
—Sé quién eres —dijo ella, clavando sus ojos en los de él—. Y sé quién era el hombre que acaba de salir.
Diego sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Quiso mentir, mantener la farsa para proteger a su madre, pero la culpa era más fuerte que el miedo. Se arrodilló junto a la cama, con los ojos llenos de lágrimas.
—Me llamo Diego Navarro. Me obligaron a hacerme pasar por Mauricio Elizondo para pagar el tratamiento médico de mi madre. Soy un fraude. Perdóneme. Puede llamar a la policía ahora mismo.
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