PARTE 2: Leí el mensaje tres veces.
Mi tía Lupita salió de la cocina con el cabello recogido y una taza de café en la mano. Al verme la cara, la dejó sobre la mesa sin probarla.
—¿Qué pasó, mija?
Le enseñé el celular. No gritó. No hizo drama. Solo cerró la puerta con seguro, como si de pronto el departamento completo necesitara defenderme.
—Tu mamá no era tonta —dijo—. Si Rafael te escribió, es porque algo se movió.
El licenciado Mendoza llegó una hora después. Traía una carpeta negra, ojeras y esa seriedad de los hombres que han visto demasiadas familias destruirse por dinero.
—Tu madre dejó una cláusula de protección —me explicó—. Desde que cumpliste dieciocho, cualquier intento de vender, hipotecar o transferir la casa de Coyoacán debe notificárseme a mí y a la notaría que registró el testamento.
—¿Y mi papá lo sabe?
—Sabe menos de lo que cree. Pero tiene copias de tu INE, de tu acta y de un comprobante de domicilio. Eso sí me preocupa.
Sentí que me ardía la garganta.
No era una rabieta por mi supuesto fracaso. Era un plan.
El licenciado me pidió mi resultado real del examen. Lo saqué de mi correo. Cuando vio el 98.7, levantó la mirada.
—Entonces tú ya sabías que algo andaba mal.
—Quería ver hasta dónde llegaban.
Mi tía me tomó la mano.
—Pues ya llegaron muy lejos.
Ese mismo día, Verónica subió a Facebook fotos de una fiesta elegante en Polanco. “Orgullosos de nuestra Camila, el futuro brillante de la familia”, escribió. En una imagen aparecía mi papá brindando con empresarios, primos y vecinos. En otra, Camila abrazaba un pastel enorme con el escudo del Tec.
Yo no estaba invitada.
Ni falta hacía.
A las nueve de la noche, Rafael me llamó. Esta vez su voz venía cortada.
—Mariana, escúchame con calma. Tu padre salió por la puerta trasera del salón hace diez minutos. Va con Verónica y con una muchacha joven a la Notaría 21.
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