Rodrigo me sirvió agua.
—Eso, amor. Hablemos tranquilos.
Pero antes de sentarme, había dejado mi segundo celular grabando junto a la ventana de la cocina. Y durante quince minutos escuché lo que realmente pensaban.
—Menos mal que ya se le bajó el coraje —dijo Laura—. Con los quinientos mil pesos que Rodrigo me pasó, ya aparté la camioneta usada y el viaje a Cancún.
Sentí que la sangre me subió a la cabeza.
Quinientos mil pesos.
Era el ahorro que Rodrigo y yo juntamos para comprar una casa más amplia para Sofía.
Luego escuché a Rodrigo susurrar:
—Gástatelo rápido, pero no digas nada. Mariana cree que ese dinero sigue en la cuenta.
Doña Carmen soltó una risa seca.
—Esa mujer presume mucho, pero al final tiene miedo de quedarse divorciada. Tú eres el marido. El dinero de la esposa también es del esposo.
Entré al comedor con una calma helada. Me senté, miré sus caras falsas y saqué del bolso un sobre con estados de cuenta.
Lo aventé sobre la mesa.
—¿Entonces en qué parte del perdón familiar entra robar quinientos mil pesos de la cuenta de mi hija?
Rodrigo se puso blanco.
Laura dejó caer el tenedor.
—No sé de qué hablas —balbuceó.
—Claro que sabes. El día quince, Rodrigo cerró la cuenta y transfirió el dinero a la tuya. Concepto: “apoyo familiar”. ¿Ya compraste la camioneta? ¿Ya pagaste Cancún?
Doña Carmen golpeó la mesa.
—¡Era dinero de tu esposo!
—Era patrimonio común, y se movió sin mi autorización —respondí—. Y además tengo grabada su conversación en la cocina.
El silencio se volvió pesado.
Entonces saqué el celular, llamé al banco y puse altavoz.
—Buenas noches. Necesito bloquear de forma permanente la tarjeta adicional a nombre de Rodrigo Salazar.
Rodrigo abrió la boca, aterrado.
Esa tarjeta la usaba para presumir con sus amigos, pagar comidas, bares y regalos. Una tarjeta que yo pagaba.
—Listo, señora Mariana —dijo la operadora—. La tarjeta quedó bloqueada.
Colgué.
—Laura, tienes setenta y dos horas para devolver los quinientos mil pesos. Si no, presento denuncia por disposición ilegal de recursos y fraude. Y si Esteban pierde su ascenso por culpa de esto, será problema de ustedes.
Me levanté.
Rodrigo intentó detenerme, pero no lo dejé tocarme.
—Esto apenas empieza —le dije.
Esa noche, al llegar a mi casa, cambié las cerraduras, borré la huella de Rodrigo y saqué su ropa en bolsas negras al portón.
A las once llegó gritando.
—¡Ábreme! ¡Soy tu esposo!
Respondí por el interfono:
—Esta casa la compré antes de casarme. Tú ya no entras.
Más tarde me llamó desde la calle. La tarjeta no le había pasado en un hotel.
—Mariana, por favor, desbloquéala. No tengo efectivo.
Sonreí.
—Después de tantos años presumiendo, resulta que no traes ni para una habitación barata. Buenas noches, Rodrigo.
Colgué.
Pero lo que descubrí después iba a revelar que los quinientos mil pesos eran solo la punta del desastre…
PARTE 3
El plazo de setenta y dos horas terminó y Laura no devolvió nada.
Al día siguiente, bajé al estacionamiento con Sofía para llevarla a comprar útiles. Antes de llegar a mi camioneta, escuché un sonido horrible: piedra contra pintura.
Me escondí detrás de otro coche.
Diego estaba rayando mi camioneta con una piedra. A su lado, Laura lo animaba.
—Ráyala bien, hijo. Para que esa vieja entienda que no puede mandarnos.
Grabé todo. La mano de Diego, la piedra, la voz de Laura.
Luego salí.
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