Mi papá, Roberto Álvarez, también era químico. Venía de una familia con dinero y dirigía una empresa llamada Químicos Álvarez. Trabajaron juntos en un proyecto para tratar aguas residuales industriales, algo que podía cambiar muchas fábricas en México.
—Yo lo quise mucho —confesó mi mamá—. Pero él se casó con tu mamá biológica. Yo me hice a un lado.
Después, cuando mi madre murió, mi papá buscó a Lupita para que lo ayudara conmigo. Ella aceptó porque me vio solo, asustado, abrazado a un osito viejo.
—Cuando tu papá murió, yo ya tenía un boleto para irme a Puebla —dijo, con la voz rota—. Pero pasé por tu cuarto y te escuché llorar. No pude dejarte.
Antes de que pudiera decir algo, llegó otro mensaje.
Ahora era una foto antigua de mi mamá con bata blanca, dentro de un laboratorio. En una esquina aparecía el nombre del Centro de Investigación Química de la UNAM. Detrás de ella estaban mi papá y otro hombre.
Mi mamá apenas susurró:
—Héctor Salvatierra.
El nombre me sonó de inmediato. Era dueño de Salvatierra Bioquímica, una empresa poderosa que ahora presumía convenios internacionales.
—Trabajaba con nosotros —explicó ella—. Éramos cuatro: tu papá, el doctor Mauricio, Héctor y yo. Pero cuando el proyecto empezó a valer mucho dinero, todo cambió.
No alcanzó a decir más.
Dos hombres llegaron a la vecindad. Venían enviados por Don Tino. Se pararon en la puerta y hablaron lo suficientemente fuerte para que todos los vecinos escucharan.
—Doña Lupita, dice Don Tino que no se le olvide pagar. Si no, mañana podemos ir a buscarla hasta la universidad. Imagínese qué bonito: el doctorcito recibiendo su diploma y su mamá debiendo dinero.
Me puse frente a ella.
—Vuelvan a amenazarla y llamo a la policía.
Uno de ellos se rió.
—Pues empieza juntando, doctor.
Cuando se fueron, mi mamá intentó guardar silencio otra vez, pero yo ya no era un niño.
Abrí mi computadora y busqué a Héctor Salvatierra. Encontré fotos, entrevistas, premios. En una nota vieja leí que había sido jefe de investigación en la empresa de mi papá antes de fundar la suya.
Luego encontré algo más: su empresa había crecido justo después de la muerte de mi papá.
Mi mamá me pidió que dejara de buscar.
—Hay cosas que duelen, Diego.
—Más duele que me mientas.
Entonces sacó una llave pequeña de su bolsa. Abrió un cajón viejo que siempre había permanecido cerrado y sacó una caja metálica oxidada. Dentro había documentos, una carta amarillenta y una tarjeta.
La tarjeta decía: “Lic. Julián Medina. Albacea y asesor legal de Roberto Álvarez”.
—Tu papá dejó un testamento —dijo.
Fuimos a buscar al abogado ese mismo día. El Licenciado Julián ya era un hombre mayor, de cabello blanco y manos temblorosas. Cuando vio a mi mamá, se quedó inmóvil.
—Guadalupe… ¿por qué tardaste tantos años?
Mi mamá empezó a llorar.
En su oficina, el abogado abrió un expediente viejo.
—Tu padre vino tres días antes de morir —me dijo—. Estaba asustado. Dijo que alguien quería obligarlo a entregar documentos de investigación que no le pertenecían.
Sacó una copia del testamento. En él, mi papá le entregaba a Guadalupe la custodia de los documentos, parte de sus bienes y la responsabilidad de protegerme.
Me quedé helado.
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