En el funeral de mis gemelos, mi suegra me abofeteó frente a sus pequeños ataúdes y me susurró por qué “Dios se los llevó”. Ella creyó que el dolor me había destruido, pero olvidó a qué me dedicaba antes de casarme con su hijo.
PARTE 1 El velorio en la parroquia de San Judas, en el corazón de Guadalajara, olía a cera derretida, a nardos frescos y a ese café de olla espeso que…









