—Lo sé. Y sé que llegué tarde.
Ella apretó su mano.
—Llegaste tarde como esposo… pero llegaste a tiempo para ser el padre que Mateo merece.
Alejandro sonrió con tristeza.
—¿Y para ti?
Mariana sostuvo su mirada durante un largo momento. Luego, sin prisas, apoyó la cabeza en su hombro.
—Para mí… también llegaste a tiempo.
Mateo vino corriendo hacia ellos en ese instante.
—¡Abrazo familiar!
Ambos se agacharon y lo rodearon con sus brazos, riendo y llorando al mismo tiempo.
Un año después, Alejandro y Mariana volvieron a casarse.
Esta vez no hubo gran recepción ni lista de invitados obligatorios. La ceremonia fue íntima, en una pequeña hacienda en las afueras de Guadalajara, rodeada de flores blancas y música suave, con Mateo caminando entre ellos llevando los anillos en una pequeña caja de madera.
Cuando el juez preguntó si deseaban unir sus vidas nuevamente, Alejandro miró fijamente a Mariana y respondió:
—Sí, acepto. Esta vez, para cuidar lo que no supe valorar antes.
Mariana, con los ojos brillantes, respondió:
—Sí, acepto. No porque hayamos olvidado el pasado, sino porque aprendimos de él.
Mateo aplaudió antes que nadie.
—¡Volvemos a ser familia!
Las risas recorrieron la sala.
Alejandro lo alzó en brazos y le besó la frente.
—No, campeón —dijo con emoción—. Nunca dejamos de serlo. Solo nos tomó tiempo encontrarnos.
Mariana los abrazó a los dos.
Y mientras el sol se ponía sobre Guadalajara, Alejandro comprendió que el «regalo» que Mariana le había prometido nunca fue solo Mateo.
Fue una segunda oportunidad.
Una oportunidad para ser padre.
Para amar sin egoísmo.
Para volver a casa.
Y esta vez, no tenía intención de dejar que nada de eso se escapara.
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