Vender la casa de mis papás era algo que jamás imaginé. Allí aprendí a andar en bicicleta, allí mi mamá me enseñó a hacer arroz rojo, allí mi papá me esperaba en el patio cada vez que volvía tarde de la universidad. Pero también entendí algo brutal: esa casa ya no era refugio. Roberto la había convertido en botín.
—Sí —respondí—. Pero rápido. Y sin que él se entere.
El licenciado me miró unos segundos. Luego llamó a una inmobiliaria de confianza. En menos de dos horas, una agente llegó a revisar los papeles y la propiedad. Yo firmé autorizaciones con la mano temblorosa, pero la mente clara.
No estaba actuando por impulso. Estaba eligiéndome.
Para mi sorpresa, esa misma tarde apareció un comprador. Un empresario que buscaba una casa antigua en Coyoacán para restaurarla. Ofreció una cantidad que me dejó sin palabras: casi nueve millones de pesos, pago inmediato y cierre ante notario.
En otro momento habría pedido tiempo. Habría pensado en recuerdos, en culpa, en nostalgia. Pero ese día comprendí que los recuerdos verdaderos no viven en las paredes. Viven en una.
Firmé.
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