Así que firmé.
Sin garantías. Sin certeza.
Sólo fe.
El viaje allí casi me rompió.
Horas de caminar por colinas ásperas, mi cuerpo pesado con el embarazo, llevando nada más que una maleta de cartón desgastada. Cada paso dolía. Cada pausa llenó mi mente de duda.
Yo lloré. Lo cuestioné todo.
Pero seguí adelante.
Porque no tenía elección.
Cuando finalmente llegué… el silencio me golpeó primero.
La casa era más grande de lo que esperaba, pero completamente arruinada. Paredes de adobe agrietadas, un techo colapsado, ventanas rotas. Parecía un lugar olvidado por el tiempo mismo.
“Qué he hecho…” susurré.
Pero era mío.
Mi único refugio.
Los primeros días fueron brutales.
Dormí en el suelo. El viento se arrastró desde cada grieta. El hambre me royó. El agotamiento pesaba sobre mi cuerpo.
Aún así… poco a poco, empecé a reconstruir.
Yo limpiaba. He arreglado las paredes. Encontré agua en un arroyo distante.
Me dije a mí mismo que este lugar podría convertirse en un hogar.
Porque necesitaba creerlo.
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