—Dijo que si no pagamos mañana, nos va a cobrar recargo.
Julián se quitó la chamarra mojada y la aventó sobre una silla.
—Estoy harto, Mariela. Harto de vivir aquí. Harto de oler humedad. Harto de que el baño se tape. Harto de escuchar a los vecinos peleando a las 2 de la mañana. Harto de trabajar y no ver nada.
—Yo también estoy harta —dijo ella bajito.
—No parece. Porque tú sigues contando centavos como si eso fuera a salvarnos.
Mariela lo miró con los ojos brillosos.
—Tal vez sí.
Julián se rió con desprecio.
—¿Salvarnos? ¿Con qué? ¿Con tus 20 pesos escondidos en una lata?
Ella se quedó inmóvil.
Esa frase le dolió, pero no dijo nada.
Al día siguiente cumplían 12 años de casados.
Julián lo recordó mientras se ponía el uniforme gris de la fábrica. No compró flores. No compró regalo. Tampoco esperaba nada.
Pensó que al regresar encontraría lo mismo de siempre: la mesa vieja, la luz amarilla, la comida barata y a Mariela con su cuaderno como guardiana de una cárcel.
Pero esa noche, al abrir la puerta, se quedó quieto.
La casa estaba limpia.
En la mesa había pollo rostizado, arroz rojo, sopa fría, tortillas calientes, refresco de manzana y un pastelito pequeño de tres leches.
Mariela salió de la cocina usando un vestido verde que él no veía desde los primeros años de matrimonio.
Estaba gastado, pero limpio.
—Feliz aniversario, Julián —dijo con una sonrisa nerviosa.
Él miró la comida.
Luego la miró a ella.
—¿De dónde sacaste dinero para esto?
La sonrisa de Mariela se apagó un poco.
Fue al ropero, sacó un sobre amarillo, grueso, amarrado con una liga, y se lo puso en las manos.
—También tengo algo para ti.
Julián sintió el peso del sobre.
—¿Qué es esto? ¿Otra deuda? ¿Una demanda de Don Eusebio?
Mariela tragó saliva.
—Ábrelo.
Julián rompió la liga con fastidio, metió los dedos y sacó los papeles sin ganas.
Pero cuando leyó la primera hoja, se le fue el color de la cara.
PARTE 2
Era un documento de notaría.
Con sello.
Firma.
Y el nombre de los 2.
Julián Hernández Morales.
Mariela Cruz de Hernández.
Propietarios.
Terreno: 140 metros cuadrados.
Ubicación: Tecámac, Estado de México.
Julián dejó de respirar por un segundo.
Volvió a leer.
Y luego otra vez.
La mano le empezó a temblar como si el papel pesara más que un costal de cemento.
Debajo venía un plano sencillo.
Una casita de 2 recámaras, sala, baño, patio de servicio, un pedacito de jardín y una cocina con ventana grande.
Ventana grande.
Julián sintió un golpe en el pecho.
—Mariela… ¿qué es esto?
Ella se acercó despacio.
Ya no pudo sostener las lágrimas.
—Es nuestro terreno, Julián.
Él la miró como si no entendiera el idioma.
—¿Nuestro?
—Nuestro.
—Pero… ¿cómo?
Mariela tomó el cuaderno de cuentas de la mesa y lo abrió en una página llena de fechas, cantidades y anotaciones pequeñas.
—Hace 6 años escuché a una señora en el mercado decir que vendían terrenos baratos rumbo a Tecámac. Fui a ver sin decirte nada porque pensé que solo iba a ilusionarme. Era lejos, sí. No había mucho construido todavía. Pero cuando vi el lugar, pensé en ti.
Julián seguía de pie, con el sobre en una mano.
—¿En mí?
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