“Mi exnovio me llamó gorda”, le susurró al jefe de la mafia, sin saber que él haría cualquier cosa por ella.

“Mi exnovio me llamó gorda”, le susurró al jefe de la mafia, sin saber que él haría cualquier cosa por ella.

Cuando las puertas de la biblioteca se abrieron y Darío Montenegro entró al salón con Sofía Luján tomada de su brazo, todas las conversaciones murieron.

Parte 2

El cambio fue inmediato. Los mismos invitados que minutos antes miraban a Sofía con indiferencia ahora apartaban la vista con respeto nervioso. Darío caminaba despacio, como si el salón le perteneciera, y quizá en cierta forma así era.

A su lado, Sofía sentía las piernas temblando, pero también una fuerza nueva subiéndole por la espalda. Nadie se reía. Nadie murmuraba. Nadie se atrevía a juzgar su vestido.

Rodrigo estaba junto al piano, riendo con Abril, hasta que vio a Sofía. La copa casi se le resbaló de la mano. Su sonrisa desapareció como si alguien le hubiera arrancado la máscara.

Darío la condujo directamente hacia él.

—Santillán —dijo con voz tranquila.

Rodrigo palideció.

—Señor Montenegro… qué honor. No sabía que usted vendría esta noche.

—Yo tampoco sabía que esta noche iba a encontrar algo tan desagradable —respondió Darío—. A veces los eventos de caridad sirven para descubrir la miseria que algunos hombres cargan bajo el traje.

Rodrigo tragó saliva.

—No entiendo.

Darío giró apenas el rostro hacia Sofía, y su expresión se suavizó por un instante. Luego volvió a mirar a Rodrigo.

—Encontré a esta mujer llorando en una biblioteca porque un cobarde decidió humillarla. Me dijeron que ese cobarde se llama Rodrigo Santillán.

Abril dio un paso atrás. Rodrigo miró a Sofía con terror.

—Fue un malentendido. Una broma.

—Curioso —dijo Darío—. No escucho a nadie reírse.

El silencio del salón era tan profundo que hasta los tacones de una mesera sonaron como golpes. Rodrigo empezó a sudar.

—Sofía sabe que yo no quise…

—No pronuncies su nombre como si todavía tuvieras derecho —lo interrumpió Darío.

Sofía sintió un nudo en la garganta. Durante años había esperado que alguien le dijera a Rodrigo que se detuviera, pero nunca imaginó que ocurriría frente a toda la élite mexicana.

—Discúlpate —ordenó Darío.

Rodrigo miró alrededor. Todos lo observaban. Su orgullo se hizo polvo.

—Perdóname, Sofía —dijo con la voz quebrada—. No debí decir eso.

Darío inclinó la cabeza.

—Más fuerte.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—Perdóname, Sofía. Fui cruel.

Sofía lo miró. Aquella disculpa habría significado todo para ella un año atrás. Ahora le pareció pequeña, tarde, vacía.

—Te escuché —respondió ella.

Nada más.

Darío sonrió apenas.

—Bien. Ahora aprende algo, Santillán. Una mujer no pierde valor porque un hombre incapaz no sepa mirarla. Pero un hombre sí puede perderlo todo por abrir la boca cuando debía callarse.

Esa misma noche, Darío escoltó a Sofía hasta la salida. Afuera, la Ciudad de México brillaba con luces doradas y tráfico lejano. Él se quitó el saco y se lo puso sobre los hombros.

—No tenía que hacer eso —murmuró ella.

—Sí tenía.

—Lo asustó.

—No, Sofía. Apenas lo desperté.

Ella lo miró, inquieta.

—¿Qué quiere decir?

Darío abrió la puerta de una camioneta negra.

—Rodrigo administra dinero ajeno. Mucho dinero. Dinero que no siempre tiene dueños pacientes. Mañana algunos documentos llegarán a las manos correctas.

Sofía sintió un escalofrío.

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