“¡Bésame para que entre en pánico! Quiero que se muera de celos”… Ella creyó que era un desconocido, pero su prometido sabía perfectamente quién era… Y entonces salió a la luz el secreto oculto del jefe mafioso de 60 años.

“¡Bésame para que entre en pánico! Quiero que se muera de celos”… Ella creyó que era un desconocido, pero su prometido sabía perfectamente quién era… Y entonces salió a la luz el secreto oculto del jefe mafioso de 60 años.

Arturo Bellucci no respondió de inmediato.

Solo siguió caminando con Valeria atravesando el salón mientras cientos de ojos comenzaban a seguirlos en silencio.

El cuarteto de cuerdas seguía tocando.

Pero ahora la música sonaba equivocada.

Tensa.

Como si incluso los músicos hubieran percibido que algo peligroso acababa de entrar al evento.

Alejandro Villarreal tragó saliva cuando Arturo y Valeria se detuvieron frente a él.

Camila fue la primera en fingir una sonrisa.

—Valeria… te estábamos buscando.

Mentira.

Valeria casi soltó una carcajada amarga.

Dieciocho minutos antes, su hermana estaba besando a su prometido contra una pared.

Ahora fingía preocupación.

Arturo observó a Camila apenas un segundo.

Y fue suficiente para hacerla bajar la mirada.

—Alejandro Villarreal —dijo Arturo con voz tranquila—. Ha pasado tiempo.

El color desapareció del rostro de Alejandro.

—Señor Bellucci… no sabía que asistiría esta noche.

Valeria sintió el cambio inmediato.

Alejandro ya no hablaba como un hombre poderoso.

Hablaba como alguien intentando sobrevivir.

Arturo inclinó apenas la cabeza.

—Tu padre sí lo sabía.

Aquella frase golpeó a Alejandro como un disparo silencioso.

Valeria frunció el ceño.

—¿Mi suegro?

Arturo no respondió.

Pero Alejandro sí.

Y cometió el error de hacerlo demasiado rápido.

—No metas a mi familia en esto.

Arturo sonrió apenas.

Una sonrisa pequeña.

Peligrosa.

—Entonces tal vez no debiste meter a la hija de otra familia en tu cama mientras seguías usando su apellido para cerrar negocios.

El silencio alrededor explotó.

Varias personas dejaron de fingir que no escuchaban.

Camila palideció.

—Eso no es lo que parece—

—Cállate —dijo Valeria sin siquiera mirarla.

Fue la primera vez en años que su hermana obedeció.

Alejandro intentó recuperar el control.

—Valeria, podemos hablar esto en privado.

—¿Privado? —ella soltó una risa vacía—. ¿Como en el pasillo de servicio?

El rostro de Alejandro se endureció.

Lo había descubierto.

Ya no podía negarlo.

Pero entonces ocurrió algo aún peor.

Arturo levantó lentamente una copa de champagne de la bandeja de un mesero que pasaba cerca.

—Tengo curiosidad, Alejandro —dijo calmadamente—. ¿Ella sabe por qué realmente vas a casarte con ella?

Valeria sintió que el cuerpo se le helaba.

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