PARTE 1
—Lárgate de esta casa, Ana. Mi nieto va a nacer y aquí ya no necesitamos a una mujer estéril fingiendo ser madre.
Doña Carmen lo dijo sin levantar la voz, como si estuviera pidiendo que bajara la basura. Yo me quedé parada en la entrada de la cocina, con la bolsa del mandado colgándome del brazo y el corazón apretado como trapo mojado.
—¿Perdón? —alcancé a decir.
Ella ni siquiera parpadeó.
—Miguel y Sara llegan en tres días. Ella va a aliviarse aquí, como debe ser. Esta casa será para la familia de verdad. Tú ya cumpliste tu papel. Así que mañana quiero tus cosas fuera.
Sentí que el piso del departamento se abría bajo mis pies.
Durante trece años viví en ese lugar de la colonia Portales, cerca del Metro, pagando silenciosamente una renta que todos creían que salía del sueldo de mi esposo. Durante trece años lavé ropa, limpié baños, llegué cansada de la farmacia y aguanté los comentarios venenosos de mi suegra porque pensaba que eso era mantener unida a la familia.
Yo tenía 45 años. Me llamo Ana Morales. Me casé con Simón Herrera cuando él ya era divorciado y tenía un hijo de diez años, Miguel. Desde el principio le dije que no podía tener hijos por una enfermedad que había sufrido de joven. Simón me tomó las manos y me juró que eso no cambiaba nada.
—Tú vas a ser mi familia, Ana. No voy a permitir que nadie te haga sentir menos.
Qué ingenua fui al creerle.
Miguel nunca me miraba a los ojos. Yo pensaba que era timidez, dolor por el divorcio de sus padres o simplemente la edad. Intenté acercarme: le compraba útiles, le preguntaba por sus partidos de futbol, pedía permiso en la farmacia para ir a sus festivales escolares. Pero cada vez que yo daba un paso, doña Carmen se interponía.
—No lo molestes, Ana. Miguel ya tiene familia.
Años después supe que ella le decía cosas horribles a escondidas.
“Tu papá sería feliz si tú no existieras.”
“Ana sólo quiere quitarte tu lugar.”
“Una mujer que no puede tener hijos nunca va a querer a uno ajeno.”
Miguel creció creyendo que yo era una intrusa. Cuando terminó la preparatoria se fue de la casa casi corriendo. Primero con una novia, luego a un cuartito rentado, después a trabajar en lo que saliera. Se casó con Sara sin fiesta, sin misa, sin nada. Simón dijo que era cosa de jóvenes. Doña Carmen dijo que era mi culpa.
—Si tú no hubieras llegado, mi niño no se habría ido.
Desde que Miguel se fue, mi suegra dejó de cocinar, dejó de limpiar y convirtió mi vida en su entretenimiento. Me esperaba sentada en el comedor, con los brazos cruzados, sólo para criticarme.
—Esta sopa no sabe a nada.
—Mira esas camisas, todas arrugadas.
—Ni para mujer de casa sirves.
—Con razón Dios no te dio hijos.
Yo callaba. No porque no doliera, sino porque Simón siempre decía lo mismo:
—Mi mamá está sola, Ana. Ten paciencia.
Pero todo cambió cuando Sara quedó embarazada. Doña Carmen rejuveneció veinte años en una tarde. Sacó las cobijas guardadas, limpió el cuarto viejo de Miguel, compró ropita, biberones, tina, carriola, cuna, pañales, juguetes. Compró tanto que el departamento parecía tienda de bebé.
Y todo lo pagué yo.
Cuando le sugerí esperar a que Sara eligiera algunas cosas, doña Carmen me miró con desprecio.
—Claro, como no es de tu sangre, te da igual.
Esa noche Simón salió de viaje “de trabajo”. Tres días, dijo. Yo ya estaba preocupada por el dinero, porque hacía cinco años su empresa iba mal y su sueldo había bajado muchísimo. Él seguía presumiendo frente a su madre que era jefe de área, pero la renta la pagaba yo. Yo era química farmacéutica, trabajaba medio turno, pero ganaba más de lo que ellas imaginaban.
A la mañana siguiente quise disculparme con doña Carmen por la discusión. Pensé que, tal vez, si hablábamos con calma, las cosas mejorarían.
Entonces ella me echó.
—Simón también ya se cansó de ti —añadió, sonriendo apenas—. A lo mejor por eso ahora sí se va de viaje tan seguido. Una mujer completa siempre encuentra cómo consolar a un hombre.
La frase me heló la sangre.
Llamé a Simón. No contestó. Llamé a su oficina. La secretaria me dijo, dudando, que él había pedido días personales, no viaje laboral.
Salí del departamento sin saber a dónde ir. Caminé hasta una cantina pequeña detrás del Metro, una donde Simón y yo íbamos cuando recién nos mudamos. Pedí una cerveza y un plato de alitas. Mientras intentaba no llorar, desbloqueé mi celular. La pantalla mostraba una foto vieja: Miguel con traje el día de su graduación, Simón sonriendo y yo a un lado, fingiendo que éramos una familia.
Una mesera joven se acercó a mi mesa.
—Disculpe… ¿usted es la esposa del señor Simón?
Levanté la mirada.
—Sí. ¿Por qué?
La muchacha tragó saliva.
—Porque él viene seguido aquí… con una señora. Y no parecen compañeros de trabajo.
Me enseñó una foto tomada de lejos: Simón, mi esposo, acariciándole la mano a una mujer de cabello teñido, riéndose como hacía años no se reía conmigo.
Sentí rabia. No tristeza. Rabia.
Esa noche no dormí. Empaqué todo lo mío. Al día siguiente llegó la mudanza. Me llevé los muebles, el refrigerador, la lavadora, la cama, la sala, la televisión, las cortinas, hasta los trastes que yo había comprado.
Doña Carmen gritaba como si la estuvieran asaltando.
—¡Eso es de mi hijo!
—No, doña Carmen —le respondí dejando las llaves sobre la mesa—. Eso lo pagó la mujer que usted acaba de echar.
Cuando cerré la puerta, ella quedó rodeada únicamente de bolsas de pañales, una cuna sin armar y su viejo ropero.
Y todavía no sabía que lo peor para ella apenas estaba por empezar…
PARTE 2
Dormí en el departamento de Lucía, una compañera soltera de la farmacia, con una paz que me dio miedo. Después de trece años de escuchar pasos, quejas y reproches, el silencio me pareció un lujo.
No lloré esa primera noche. Me bañé, me puse una camiseta prestada y dormí como si alguien me hubiera quitado una piedra del pecho.
Una semana después, Simón por fin llamó.
—Ana, ¿dónde estás? —preguntó, con esa voz de hombre ofendido que no entiende por qué el mundo dejó de obedecerlo—. Mi mamá está muy alterada. Miguel y Sara ya llegaron. No hay refrigerador, no hay lavadora, no hay sala. ¿Qué hiciste?
—Me fui, como tu mamá pidió.
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