PARTE 1
“¡Papá, no dejes que me vendan otra vez!”
El grito de aquella niña de cinco años partió en dos el silencio del comedor del Hogar Santa Rosa, en las afueras de Puebla.
Alejandro Montes, uno de los empresarios inmobiliarios más ricos de México, acababa de entrar al orfanato rodeado de cámaras, reporteros y funcionarios que sonreían demasiado. Solo había ido a entregar un cheque, tomarse una foto y marcharse antes de que los noticieros empezaran a llamarlo “el millonario de buen corazón”.
Él no se sentía bueno. Ni siquiera se sentía vivo.
Desde hacía seis años, desde el accidente donde supuestamente murió Ximena, su esposa embarazada, Alejandro vivía como un fantasma dentro de una mansión enorme en Lomas de Chapultepec. Los médicos le dijeron que el bebé tampoco sobrevivió. El ataúd fue cerrado. Los papeles estaban firmados. Su abogado, Ricardo Salvatierra, se encargó de todo.
Alejandro no preguntó más.
El dolor lo había dejado sin fuerzas.
Ese mediodía, los niños cantaban una canción preparada para recibirlo. La directora del hogar, Marcela Rivas, aplaudía junto a los maestros, nerviosa pero sonriente. Todo parecía perfecto para las cámaras.
Hasta que una niña pequeña, con un vestido amarillo arrugado y el cabello mal peinado, salió corriendo entre las filas.
“¡Papá!”
Alejandro se quedó inmóvil.
La niña se abrazó a su pierna con desesperación. Un guardia intentó apartarla, pero Alejandro levantó la mano para detenerlo. Algo dentro de él se había roto.
Sus ojos.
La niña tenía sus mismos ojos verdes.
No parecidos. Iguales.
El reloj de plata que Alejandro llevaba en la muñeca se soltó y cayó al piso con un golpe seco. Nadie se movió.
La directora Marcela se acercó de inmediato, pálida.
“Señor Montes, discúlpenos. Sofía a veces se confunde.”
Alejandro sintió que el nombre le atravesaba el pecho.
Sofía.
Ese era el nombre que Ximena había elegido para su hija antes del accidente. Lo había dicho una noche en Valle de Bravo, mientras él le acariciaba el vientre y ella reía imaginando una niña corriendo por la casa.
Alejandro se agachó frente a la pequeña.
“¿Cómo te llamas?”
“Sofía.”
Las cámaras siguieron grabando.
La directora intentó tomarla del brazo.
“Sofía, suelta al señor. Él no es tu papá.”
La niña negó con fuerza.
“Mi mamá dijo que sí.”
Alejandro dejó de respirar.
“¿Tu mamá?”
Sofía metió la mano en la bolsa de su vestido y sacó una fotografía doblada, vieja, casi rota de las esquinas. Alejandro la abrió lentamente.
Era él.
Más joven.
Sonriendo en una playa de Cancún junto a Ximena.
Al reverso, con la letra inconfundible de su esposa, había una frase que le congeló la sangre:
“Si algún día me pasa algo, busca a Alejandro Montes. Él no sabe que existes.”
La directora dio un paso atrás.
Alejandro levantó la mirada.
“¿Quién te dio esto?”
“La señorita Lupita. Me dijo que lo escondiera porque había gente mala buscándome.”
Marcela tragó saliva.
“Esa mujer ya no trabaja aquí. La despedimos por robar comida.”
Sofía frunció el ceño.
“Eso no es cierto. Ella lloraba cuando me peinaba. Decía que yo no debía estar aquí.”
Los niños dejaron de cantar. Algunos bajaron la cabeza. Otros miraron a la directora con miedo.
Sofía bajó la voz.
“Ayer escuché que la directora dijo que si usted me veía, todo se iba a caer.”
Alejandro se puso de pie lentamente.
Ya no era el empresario amable frente a las cámaras.
Era un hombre al que acababan de devolverle un muerto.
“Cierren las puertas”, ordenó.
Los reporteros comenzaron a murmurar. Los empleados se miraron entre sí. Marcela palideció por completo.
“No puede hacer eso, señor Montes.”
Alejandro la miró sin parpadear.
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