Mandé un solo mensaje al grupo:
“Yo pagué una fiesta para Mateo. Paola cambió todo sin permiso para hacerla de Renata. Mi hijo llegó y vio su nombre reemplazado. Lo saqué de ahí y cancelé los cargos pendientes. No voy a discutir más”.
Luego salí del grupo.
Pensé que eso sería el final, pero a la mañana siguiente recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Diego? Soy Carlos, el papá de Renata.
Apenas lo conocía. Paola siempre decía que era un irresponsable, un hombre ausente que nunca ayudaba.
—Acabo de enterarme de lo que pasó —dijo—. Paola le dijo a Renata que tú le habías prometido esa fiesta porque yo no podía darle una decente.
Cerré los ojos.
—Yo nunca prometí eso.
—Lo sé —respondió él—. Conozco a Paola.
Hablamos casi media hora. Carlos no era perfecto, pero tampoco era el monstruo que Paola describía. Me contó que ella solía cambiar versiones según le convenía: con su familia era víctima, conmigo era madre desesperada, con él era mujer abandonada.
Al colgar, entendí que Paola no solo manipulaba situaciones. Fabricaba realidades completas.
Esa tarde apareció en mi departamento.
No la dejé entrar.
—Cometí un error —dijo, con los ojos hinchados.
—No fue un error. Fue un plan.
—Quería que ambas niñas se sintieran queridas.
—Mateo no es una niña, y la fiesta no era de ambas.
Su cara se endureció.
—Siempre vas a elegirlo a él.
—Sí —respondí—. Porque soy su papá.
Paola bajó la voz.
—Entonces dime algo, Diego… ¿qué crees que Renata va a decir cuando se entere de toda la verdad?
Y ahí supe que todavía faltaba lo peor.
PARTE 3
No tuve que esperar mucho.
Esa misma noche, Carlos me mandó un audio. Se escuchaba a Renata llorando. No era un berrinche; era una niña confundida.
—Mi mamá dijo que Diego me quitó mi fiesta porque Mateo se puso celoso.
Sentí rabia, pero también tristeza. Renata también estaba siendo usada.
Le dije a Carlos que, si quería, podíamos hablar los cuatro adultos. No para salvar nada con Paola, sino para dejar de meter a los niños en una mentira.
La reunión fue dos días después, en una cafetería tranquila cerca de Plaza del Sol. Fui solo. Carlos llegó con una carpeta de papeles y cara cansada. Paola apareció tarde, como siempre, usando lentes oscuros aunque estábamos bajo techo.
—No pienso ser atacada —dijo antes de sentarse.
Carlos abrió la carpeta.
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