Alejandro se mudó a Monterrey con un puesto menor. Daniela se divorció, cambió de ciudad y de discurso varias veces. Ya no los odio. Odiar es demasiado trabajo para gente que ya me quitó suficiente tiempo.
Una noche, Javier y yo pasamos frente al restaurante del ventanal. Llovía otra vez.
“¿Quieres entrar?”, preguntó.
Miré las luces, las copas, las mesas impecables.
“No”, dije. “Ya no necesito esa mesa.”
Él abrió el paraguas y me ofreció el brazo.
Entonces entendí algo: la dignidad no siempre llega gritando. A veces llega en silencio, con pruebas en una bolsa, con miedo en las manos y con la decisión de no volver a confundirse con una mujer que debe aguantar para ser buena.
Si un hombre te dice que el amor es demasiado caro para ti, pero le reserva el ventanal a otra, no pelees por la cena.
Toma la verdad.
Toma tu vida.
Y déjalo a él con la cuenta.
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