Parte 2: Las sombras interiores

Parte 2: Las sombras interiores

Camino por el escenario para recibir mi diploma. En la primera fila, mi padre sostiene a una niña pequeña con cabello rizado y un vestido amarillo brillante. Elena comienza a aplaudir, gritando con voz aguda: “¡Mamá! ¡Mamá!”.

Miro hacia el fondo de la habitación. Allí está Lucía, grabando con su teléfono, con una amplia sonrisa triunfal. Su hermana también está allí, apoyada en el brazo de Lucía, con la mirada clara y presente; un largo camino hacia la recuperación, pero por fin está en casa.

Entonces comprendí que la señora Rebeca tenía razón en una cosa: el embarazo sí cambió mi vida. Pero no la arruinó. Eliminó a las personas que no merecían estar en ella y dejó tras de sí una base de acero templado.

No soy la chica que se cayó. Soy la mujer que fue empujada, encontró sus alas en la caída y decidió volar.

Mientras muevo la borla de derecha a izquierda, no pienso en Mateo, ni en el té, ni en los sobres amarillos. Miro a mi hija, la niña que nunca debió estar aquí, y me doy cuenta de que los futuros más hermosos no son los que te sirven en bandeja de plata.

Son aquellos por los que luchas con uñas y dientes, hasta que finalmente amanece en un mundo que tú mismo has construido.

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