En el coche, miró la imagen y susurró:
—Dos…
Yo respiré hondo.
—Alejandro no pudo con uno. Imagínate cuando sepa que abandonó dos.
—¿Se lo vas a decir?
No respondí. No ese día.
¿Se merecía saberlo? ¿Se merecía una noticia tan grande después de haberme llamado infiel, después de mudarse con otra mujer, después de mandarme mensajes como si yo hubiera cometido un crimen?
Esa noche puse el ultrasonido en mi buró. Me acosté con una mano en el vientre.
—No sé cómo voy a hacer esto —les susurré—, pero lo voy a hacer.
Desde el catre que había acomodado junto a la ventana, mi mamá respondió sin abrir los ojos:
—Lo vamos a hacer.
Los días siguientes fueron pesados. Más náusea. Más cansancio. Más citas médicas. Más miedo. Mi mamá empezó a comprar ropita neutral en el tianguis, porque según ella “con dos criaturas nunca alcanza nada”.
Mientras tanto, los chismes corrían más rápido que el Metro a hora pico. Doña Carmen me contó que Alejandro decía en la oficina que yo “me había vuelto loca”. Que Fernanda ya había llevado sus cosas al departamento de él. Que él pensaba pedir el divorcio apenas naciera “el problema”.
El problema.
Así llamaba a mis bebés.
Una tarde calurosa, mientras yo doblaba pañaleros sobre la cama, tocaron el timbre. Mi mamá abrió. Escuché voces en la sala. Una era de ella, seca como chile quemado. La otra era de mujer nerviosa.
Salí despacio.
Era Fernanda.
Traía un vestido beige, lentes grandes y esa cara de falsa decencia que usan algunas mujeres cuando vienen a defender lo indefendible.
—Lucía, necesito hablar contigo.
—¿Sobre qué? ¿Sobre cómo te mudaste con mi marido o sobre cómo me llaman infiel los dos?
Se acomodó la bolsa en el hombro.
—No vine a pelear. Solo creo que sería mejor que aceptaras la verdad. Alejandro está seguro de que ese bebé no es suyo.
Mi mamá soltó una risa amarga.
—Mire nada más.
Fernanda levantó la barbilla.
—Entre más insistas en tu mentira, más difícil será rehacer tu vida.
—¿Mi vida? ¿O la tuya?
Se le endureció la cara.
—Yo solo digo que hay que tener dignidad.
La miré de arriba abajo.
—Tú vienes a mi casa a hablarme de dignidad, viviendo con un hombre que abandonó a su esposa embarazada sin revisar un solo estudio médico.
Fernanda apretó los labios.
—Alejandro dijo que siempre fuiste dramática.
Mi mamá dio un paso al frente.
—Y yo le digo que si no se larga ahorita mismo, va a conocer el drama de verdad.
Fernanda me miró el vientre. Todavía pequeño, pero ya presente.
Y entonces soltó la frase que terminó de mostrarme quién era:
—Pues ojalá ese estrés no te haga perderlos.
Mi mamá la agarró del brazo con una fuerza que yo nunca le había visto.
—Fuera.
Fernanda se asustó. Salió rápido, casi tropezando. Yo cerré la puerta y empecé a temblar, no de miedo, sino de rabia.
Dos días después, el golpe cambió de dirección.
Recibí una llamada del doctor Rivas, el urólogo de Alejandro. Me explicó, con voz seria, que Alejandro había ido a exigirle un documento para “probar” que yo le había sido infiel. Quería un papel que dijera que él ya no podía embarazar a nadie.
Pero el doctor le había hecho los estudios que Alejandro debió hacerse desde el principio.
El resultado era claro.
La vasectomía no estaba confirmada como efectiva. Todavía tenía espermatozoides móviles.
—No puedo meterme en asuntos personales —dijo el doctor—, pero éticamente usted debe saberlo.
Colgué con la mano helada.
Mi mamá estaba picando jitomate en la cocina.
—¿Quién era?
—La ciencia —dije.
Le conté todo. Ella dejó el cuchillo sobre la tabla.
—Entonces ya no puede negar nada.
Miré la carpeta sobre la mesa: ultrasonido, estudios, mensajes impresos, la prueba de embarazo guardada como si fuera una evidencia de guerra.
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