—No me incomodas. Solo me sorprende cuando alguien no sabe cuál es su lugar.
Mateo dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Camila.
—¿Qué? —ella sonrió—. No dije nada malo. Solo hay niveles, Mateo. Tú lo sabes mejor que nadie.
Valeria sintió que el rostro le ardía, pero no contestó. Había aprendido que, a veces, la dignidad consiste en no regalarle al arrogante la reacción que busca.
Más tarde, mientras recogía unas copas cerca de la barra, escuchó voces detrás del pasillo que llevaba a los baños privados. No quería escuchar. De verdad no quería. Pero reconoció la voz de Camila, aguda y molesta.
—Ya hice mi parte, papá. Bianca está encantada con la idea de la boda. Mateo se resiste, pero se le va a pasar.
Hubo una pausa. Luego Camila bajó la voz.
—No, no me importa si sigue pensando en esa doctora de la clínica. Una esposa adecuada soy yo. Además, cuando firmemos lo del fideicomiso, los Moretti no podrán echarse atrás.
Valeria se quedó inmóvil.
—Sí, claro que tengo las fotos —continuó Camila—. Si Mateo se pone romántico, le enseñaré a su madre las pruebas de que la doctora aceptó dinero. Nadie va a creerle a una mujer común contra mí.
A Valeria se le helaron las manos.
No entendía todo, pero sí lo suficiente. Camila estaba manipulando a Mateo. Tal vez había otra mujer. Tal vez alguien inocente. Y la heredera del vestido rojo estaba usando dinero para comprar algo que nunca se vendía limpio: un corazón.
Valeria quiso alejarse, pero al girar chocó con una charola. Una cuchara cayó al piso.
El silencio del pasillo fue inmediato.
Camila apareció segundos después. Sus ojos brillaban de furia.
—¿Estabas escuchando?
—Se me cayó una cuchara.
—No te hagas la tonta.
Valeria tragó saliva.
—Tengo trabajo, señorita.
Camila se acercó tanto que su perfume caro le cerró la garganta.
—Escúchame bien. Una palabra de esto y mañana no solo pierdes tu empleo. Tu madre perderá la cama del hospital que mi fundación paga.
Valeria sintió que el mundo se le movía bajo los pies.
—¿Qué dijo?
Camila sonrió, satisfecha de haber encontrado la herida.
—Ay, ¿no sabías? La clínica Santa Clara recibe donativos de mi familia. Sería una pena que revisaran ciertos apoyos y decidieran que algunas pacientes ya no califican.
Valeria apretó los puños, pero no dijo nada. Camila regresó a la mesa como si acabara de pedir otro postre.
Esa noche, Valeria sirvió en silencio. Cada paso le dolía. No por ella, sino por su madre, que dormía conectada a una máquina en una habitación blanca, creyendo que el mundo aún tenía gente buena.
Cuando la cena terminó, Mateo se quedó atrás mientras Bianca y Camila salían hacia el auto. Él dejó una propina demasiado generosa sobre la mesa.
—Gracias por atender a mi madre con tanta delicadeza —dijo.
Valeria miró el dinero, luego a él.
—No puedo aceptar esto.
—¿Por qué?
Porque su vida está siendo comprada y usted ni siquiera lo sabe, quiso decir. Pero el miedo le cerró la boca.
—Porque a veces el dinero no arregla lo que realmente duele.
Mateo frunció el ceño.
—¿Está todo bien?
Valeria sostuvo su mirada. Había cansancio en sus ojos, pero también una bondad triste. Pensó en Camila. En la amenaza. En su madre.
—Pregúntele a Camila por la doctora de la clínica —susurró al fin—. Y por las fotos.
Mateo se quedó quieto.
—¿Qué fotos?
Valeria bajó la vista.
—No puedo decir más aquí.
Antes de que él respondiera, Camila apareció en la puerta.
—Mateo, vámonos.
La mirada de Camila cayó sobre Valeria como una promesa de castigo.
Al día siguiente, don Ernesto la llamó a su oficina antes de abrir.
—Valeria, me acaban de pedir que te despida.
Ella ya lo esperaba, pero aun así le dolió.
—¿Quién?
Don Ernesto no pudo mirarla.
—Gente importante.
—Entiendo.
—No, no entiendes. También llamaron a la clínica de tu mamá. Preguntaron por ella.
Valeria sintió que las piernas se le debilitaban. Salió del restaurante con su bolsa vieja y el uniforme doblado entre los brazos. Llovía. Caminó hasta la parada del camión sin paraguas, dejando que el agua le cubriera las lágrimas.
En el hospital, encontró a su madre despierta.
—¿Por qué vienes tan temprano, hija?
Valeria se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Porque te extrañaba.
Su madre la miró con esa sabiduría de quien ha sufrido mucho.
—¿Te hicieron daño?
Valeria intentó sonreír, pero se quebró.
Leave a Comment