—No todavía. Pero ya estoy de mi lado.
Volvió a trabajar poco a poco. Primero ayudando a una vecina con sus cuentas, luego asesorando a mujeres que no sabían qué documentos firmaban sus esposos, qué deudas estaban a su nombre o qué derechos tenían sobre una casa que también habían construido con años de cuidado invisible.
A muchas les daba pena decir:
—Es que yo no trabajo.
Mariana siempre les respondía igual:
—Sí trabajas. Solo que alguien te convenció de que tu esfuerzo no valía porque no llegaba en nómina.
Rodrigo siguió viendo a sus hijos. A veces, cuando iba por ellos, miraba la sala como si extrañara una vida que él mismo intentó reemplazar. Una tarde le dijo:
—Cambiaste mucho.
Mariana sonrió sin rabia.
—No cambié. Solo dejé de hacerme chiquita para que tú te sintieras grande.
Rodrigo no contestó.
Y esa fue la primera vez en 10 años que Mariana no necesitó que él entendiera nada para sentirse libre.
¿Tú crees que Mariana hizo bien en irse hasta las últimas consecuencias, o debió perdonar por sus hijos?
Leave a Comment