Esperaba lágrimas.
Nunca vinieron.
En cambio, todo dentro de mí se volvió frío y transparente.
La parte de mí que aún anhelaba su amor… desapareció.
—Entonces —dije en voz baja—, lo estás eligiendo a él.
Ella no respondió.
Ella bajó la mirada.
Eso fue suficiente.
“Bueno.”
No se permite gritar.
Sin recordatorios.
Sin discusiones.
Me acerqué a la mesa, me quité las llaves y las dejé allí.
El sonido resonó con más fuerza que cualquier cosa que se dijera aquella noche.
Recogí mis maletas…
y se fue.
“Ahora yo soy el hombre de esta casa. Y te digo que te vayas.”
El silencio llenó el lugar.
Miré hacia la cocina.
Leave a Comment