Tomé su brazo con cuidado.
—Vamos, papá.
Nos dimos la vuelta.
Y empezamos a caminar.
Detrás, el ruido volvió poco a poco. Pero ya no importaba.
Ni las miradas.
Ni los susurros.
Ni el lujo.
Nada.
Solo el sonido de nuestros pasos alejándose.
Lentos.
Firmes.
Y por primera vez en todo el día…
en paz.
El aire afuera era distinto. Más simple. Más real.
Apenas cruzamos el portón de la casa, el ruido de la música quedó atrás como si nunca hubiera existido. Solo quedaron nuestros pasos sobre la calle, el leve sonido del bastón de mi padre tocando el suelo… y ese silencio que, lejos de incomodar, empezaba a sentirse como descanso.
No volteé.
Ni una sola vez.
—Hija… —la voz de mi padre sonó suave, con esa preocupación que siempre intentaba esconder—. ¿De verdad estás bien?
Apreté su brazo con un poco más de fuerza.
—Sí, papá.
Y esta vez… era verdad.
Caminamos despacio hasta la esquina. Ahí, un taxi viejo pasó y levanté la mano. Se detuvo sin prisa. El conductor nos miró por el retrovisor con curiosidad: una novia sin vestido, un hombre mayor con bastón, dos personas que no encajaban en ninguna historia común.
—¿A dónde van? —preguntó.
Dudé un segundo.
Luego respondí:
—A la terminal de autobuses.
Mi padre giró ligeramente el rostro hacia mí.
—¿Nos vamos?
Sonreí, aunque él no pudiera verlo.
—Nos vamos a casa.
El trayecto fue corto, pero suficiente para que todo empezara a asentarse dentro de mí. Miré por la ventana. La ciudad seguía igual: tráfico, gente, vendedores, vida. Nadie sabía lo que acababa de pasar. Nadie lo necesitaba saber.
Y por primera vez… eso no me importó.
En la terminal, el olor a café barato y pan dulce llenaba el aire. Compré dos boletos con el dinero que me quedaba en efectivo. No era mucho. Pero alcanzaba.
—¿A dónde sale este autobús, señorita? —preguntó mi padre.
—A casa, papá. A Jalisco… al pueblo.
Asintió en silencio.
No preguntó más.
Subimos.
Los asientos eran duros, el aire un poco pesado, pero no me importó. Me senté junto a él, apoyando la cabeza en el respaldo, sintiendo por fin el cansancio caer sobre mí como una ola.
El autobús arrancó.
Y con él… todo lo demás empezó a quedarse atrás.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que sentí la mano de mi padre buscar la mía.
—Perdóname —dijo de pronto.
Abrí los ojos, sorprendida.
—¿Por qué?
—Por haberte puesto en esta situación… —su voz se quebró apenas—. Yo solo quería verte feliz.
Sentí un nudo en la garganta.
—Y lo estoy —respondí, apretando su mano—. Más de lo que crees.
Él guardó silencio unos segundos.
—Ese lugar… no era para mí —murmuró.
Negué suavemente.
—No, papá —dije—. Ese lugar no era para nosotros.
El autobús avanzaba por la carretera, dejando atrás las luces de la ciudad. Poco a poco, el paisaje se volvió oscuro, tranquilo. Familiar.
Cerré los ojos un momento.
Y recordé.
La casa pequeña. Las mañanas frías. El olor a tortillas recién hechas. Las risas simples. La vida que nunca fue fácil… pero siempre fue nuestra.
No necesitábamos más.
Tal vez nunca lo hicimos.
El teléfono vibró en mi bolsillo.
Lo saqué.
Un mensaje.
De Alejandro.
Leave a Comment