Vicente alzó la mano despacio.
Vacía.
—Solo iba a sacar mi teléfono para llamar a mi abogado.
—Nadie va a llamar a nadie —sentenció la jueza— hasta saber qué contiene esto.
Los periodistas, que hasta hacía un minuto habían dado el caso por terminado, parecían animales oliendo sangre.
Uno de los técnicos del tribunal conectó la memoria a una laptop del juzgado.
Hubo unos segundos eternos.
La pantalla se quedó negra.
Luego apareció una carpeta.
Solo tenía un nombre.
**ARANDA**
Nadie respiró.
El técnico abrió el primer archivo.
Era un audio.
La voz salió por los altavoces con un chasquido sucio.
—No quiero errores —decía un hombre—. Julián firma mañana. Esta noche desaparece. Y el chofer también, si hace falta.
Mateo sintió que se le helaban las manos.
Conocía esa voz.
Todos la conocían.
Era Vicente.
En el archivo siguiente, la misma voz decía otra cosa.
—El muchacho sirve perfecto. Tiene antecedentes menores, deudas, y trabajó dos meses cerca del almacén. Métanlo en la escena. Compren a quien haya que comprar.
El fiscal se quedó inmóvil.
La jueza se agarró del estrado.
Clara empezó a llorar en silencio, apretando a Leo contra el pecho como si quisiera fundirlo con su propio cuerpo.
Pero faltaba lo peor.
El técnico abrió un video.
Una cámara de seguridad.
Fecha. Hora. El estacionamiento trasero del edificio donde mataron a Julián Enríquez.
Se veía un sedán negro.
Se veía a Julián bajar.
Se veía a un hombre acercarse con gorra.
No era Mateo.
No tenía su cuerpo, ni su forma de caminar.
Y cuando el asesino levantó el rostro un segundo hacia la cámara, el tribunal entero lanzó un murmullo ahogado.
Era Bruno Salvatierra.
El jefe de escoltas de Vicente Aranda.
Bruno disparaba.
Julián caía.
Y después, en la misma grabación, aparecía otra figura entrando por un costado dos minutos más tarde.
Mateo.
Llegando tarde.
Corriendo.
Desesperado.
Demasiado tarde para salvar a nadie.
Demasiado a tiempo para que le cargaran el muerto.
—Dios mío… —se le escapó a alguien en la última fila.
El fiscal se puso de pie.
—Su señoría, solicito la inmediata suspensión de la sentencia, la detención preventiva del señor Vicente Aranda y la apertura de una investigación por fabricación de pruebas, soborno, homicidio agravado y asociación criminal.
Vicente sonrió otra vez.
Pero ya no era la sonrisa segura de antes.
Era algo roto.
Desesperado.
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