—Lo ensayaste —dije—. Pero te olvidaste de las cámaras.
Sus ojos se alzaron rápidamente. En los rincones del salón de baile, unas diminutas lentes negras se escondían entre los arreglos florales. No eran cámaras de seguridad del hotel.
Eran míos.
El rostro de Víctor palideció. Elaine susurró su nombre.
Mi hermana finalmente logró burlar la seguridad y se dejó caer a mi lado, temblando.
“Mara, no te muevas.”
—Estoy bien —mentí.
“Estás sangrando.”
“Lo sé.”
Daniel retrocedió.
“Apaguen esas cámaras.”
“Están transmitiendo en directo a mi abogado”, dije. “Y al FBI”.
La palabra resonó en la habitación como un trueno. Celeste dejó de tocarse el estómago. Víctor se movió más rápido de lo que un hombre de su edad debería.
“Daniel. Oficina. Ahora.”
Pero ya era demasiado tarde.
Las puertas del salón de baile se abrieron, no como en una escena de película, sino con una fuerza silenciosa y controlada. Hombres y mujeres con chaquetas oscuras entraron portando placas, órdenes de arresto y la tranquila confianza de quienes ya sabían exactamente lo que habían venido a encontrar.
“¡Oficina Federal de Investigación! ¡Que nadie se mueva!”
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