«La tarde que recogí a Mateo Herrera de la escuela, se inclinó hacia mí en el asiento trasero y susurró: “Señor Rafael… me duele la espalda.”»

«La tarde que recogí a Mateo Herrera de la escuela, se inclinó hacia mí en el asiento trasero y susurró: “Señor Rafael… me duele la espalda.”»

Quizás él tampoco.

Lo vi caminar hacia el portón de la escuela con su mochila y sus pasos un poco más firmes. No era un final perfecto. Esos no existen.

Pero era un comienzo limpio. Y a veces eso es enorme.

Meses después, cuando pensé que las cosas finalmente se estaban acomodando, Claudia me llamó una noche y me dijo que había llegado una carta sin remitente a la casa.

Estaba dirigida a Mateo.

Y adentro solo había una frase.

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