PARTE 1
“Señor, con todo respeto… yo veo pasar al esposo de la directora todos los días, y usted no es él.”
Sentí que el vaso de café se me resbalaba entre los dedos.
Yo solo había ido a darle una sorpresa a mi esposa.
Me llamo Arturo Salgado, tengo 56 años y llevaba 28 años casado con Mariana Villarreal, la directora general de Grupo Altura, una empresa tecnológica en Santa Fe, en la Ciudad de México. Durante años pensé que conocía cada gesto suyo, cada silencio, cada forma en que acomodaba el cabello cuando estaba cansada.
Esa mañana salió de casa tan rápido que olvidó su café. También dejó intacto el sándwich que le había preparado. Últimamente vivía entre juntas, cenas con inversionistas y viajes a Monterrey. Yo, que tenía un despacho contable pequeño en Coyoacán, me acostumbré a cenar solo y a recibir mensajes como: “No me esperes, amor. Hoy se alargó todo.”
Así que decidí ir a su oficina.
El edificio era enorme, moderno, lleno de vidrio, mármol y empleados caminando como si siempre tuvieran prisa. En la entrada había un letrero que decía: “Solo personal autorizado”. Me acerqué al guardia con una sonrisa nerviosa.
—Buenas tardes. Vengo a ver a Mariana Villarreal. Soy su esposo.
El guardia, un hombre de unos cincuenta años con gafete que decía “Raúl”, levantó la vista. Primero me miró serio. Luego soltó una risa incómoda.
—¿Su esposo? No, señor. Disculpe, pero el esposo de la licenciada acaba de salir hace diez minutos.
Creí que había escuchado mal.
—Perdón… ¿cómo dijo?
Raúl señaló hacia los elevadores.
—Mire, ahí viene otra vez.
Me giré.
Un hombre alto, de traje gris oscuro, caminaba con la seguridad de quien conoce cada rincón del edificio. Tendría unos cuarenta y tantos. Zapatos impecables, reloj caro, mirada firme. Lo reconocí al instante por las pocas fotos corporativas que Mariana me había mostrado: Sebastián Rivas, su vicepresidente de expansión.
—Buenas tardes, Raúl —dijo él, como si estuviera en su casa.
—Buenas tardes, señor Rivas. La licenciada lo está esperando.
Señor Rivas.
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