Alejandro aprendió a ser otra cosa además de “el más rico”: aprendió a ser hogar. Se sentó a hacer tarea con Moncho, a escuchar las historias de Rachid, a buscarle a Lupita una muñeca nueva sin borrar la vieja.
Una noche, semanas después, Araceli miró su marca frente al espejo. Ya no la cubrió con prisa. Alejandro se acercó y la besó con cuidado, como si besara una herida que por fin podía cerrar.
—Pensé que cuando lo vieras, te irías —susurró ella.
—Cuando lo vi —respondió él— entendí a quién debía enfrentar.
Araceli apoyó la frente en su pecho.
—¿Y si un día… todo esto vuelve?
—Entonces volvemos a pelear —dijo Alejandro—. Pero juntos.
Y por primera vez, Araceli durmió sin temblar.
Porque la verdad, al fin, dejó de ser una amenaza…
y se convirtió en libertad.
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