**Parte 2**
Los ojos de Fernanda se abrieron de golpe. Al principio pensé que era el desprecio de siempre, esa mirada condescendiente que me regalaba desde que tenía uso de razón. Pero luego vi cómo su mano comenzaba a temblar. La copa se le resbaló de los dedos y se hizo añicos contra el suelo.
—Fernanda, ¿estás bien? —preguntó Patricia, pero su voz sonó estrangulada. El pánico comenzaba a filtrarse por debajo de esa máscara de elegancia que tanto cuidaba.
Mi cuñada intentó hablar, pero solo salió un sonido gutural. Se llevó las manos a la garganta. Sus ojos, antes llenos de arrogancia, ahora estaban desorbitados, buscando aire que no llegaba.
El jardín entero pareció detenerse. La música seguía sonando, los niños gritaban en el brincolín, pero en nuestra burbuja de adultos, el tiempo se había congelado.
Rodrigo fue el primero en reaccionar. Corrió hacia su hermana, pero yo lo vi con claridad por primera vez en años: no era el hombre del que me había enamorado. Era un cómplice. Un hombre que había permitido que su madre me humillara, que había planeado conmigo en contra mía, que estaba dispuesto a destruirme frente a nuestra hija.
—¡Alguien llame a una ambulancia! —gritó Patricia, pero sus manos temblaban tanto que no podía sacar el celular del bolso.
Yo me quedé quieta. Observando.
Porque en ese momento, mientras todos entraban en pánico, yo era la única que sabía exactamente qué estaba pasando. Y también era la única que sabía cómo salvarla.
Durante años, mi “negocito imaginario” —como lo llamaba Rodrigo con desdén— se había especializado en ciberseguridad médica. Había trabajado con hospitales, laboratorios farmacéuticos, clínicas privadas. Conocía los síntomas. Conocía los antídotos. Y sobre todo, conocía los venenos.
El polvo blanco que Patricia había vertido no era cualquier cosa. Por la rapidez de los síntomas, por la forma en que Fernanda se llevaba las manos al pecho, por ese color violáceo que comenzaba a aparecer en sus labios, supe que era un bloqueador neuromuscular. Algo diseñado para paralizar. Para hacer creer que la víctima había tenido un colapso nervioso. Para pintarme como la madre inestable que no podía manejar una fiesta sin dramas.
Lo que Patricia no sabía era que yo había pasado los últimos tres meses investigando amenazas cibernéticas contra laboratorios farmacéuticos. Lo que no sabía era que mi empresa había desarrollado algoritmos que detectaban patrones de envenenamiento en tiempo real. Lo que no sabía era que, desde que Rodrigo comenzó a hablar de custodia total, yo había instalado cámaras ocultas en toda la casa.
Incluso en el jardín.
—Natalia, haz algo —me suplicó Rodrigo, sus ojos llenos de lágrimas falsas o genuinas, ya no podía distinguir—. ¡Eres la única que sabe de medicina!
Era cierto. Durante años, me había burlado por tomar cursos de primeros auxilios, por leer sobre toxicología, por interesarme en la seguridad farmacéutica. “Pierdes el tiempo”, decían. “Concéntrate en ser madre.”
Pero ahora, ese tiempo perdido era mi salvación.
Me acerqué a Fernanda, que ya estaba siendo sostenida por dos invitados. Su respiración era superficial, sus pupilas dilatadas.
Leave a Comment