Marisol obedeció, temblando.
Durante unos segundos, solo se escuchó la respiración tranquila de Sofía.
—¿Cómo se llama? —preguntó Alejandro.
—Sofía.
Él bajó la mirada hacia la bebé.
—Sofía —repitió, como si el nombre le doliera.
Marisol notó algo en sus ojos. No era enojo. Era una tristeza antigua, enterrada tan profundo que parecía haberse vuelto parte de su cara.
—¿Ha cargado bebés antes? —preguntó ella sin pensar.
La oficina se volvió más fría.
Alejandro tardó en responder.
—Mi hermana menor estaba embarazada —dijo al fin—. Iba a tener una niña.
Marisol guardó silencio.
—Murieron las 2 hace 3 años. Un tráiler se les vino encima en la México–Querétaro.
La garganta de Marisol se cerró.
—Lo siento mucho.
Alejandro no contestó. Solo apretó apenas a Sofía contra su pecho, como si por primera vez en años sus brazos recordaran para qué servían.
Entonces se escucharon pasos bajando la escalera.
Rápidos.
Duros.
Una voz de mujer dijo desde afuera:
—Señor Santillán, necesito hablar con usted. Encontré una pañalera escondida en el cuarto de limpieza. Creo que Marisol metió un bebé al restaurante.
Marisol se puso de pie, blanca de terror.
Alejandro levantó la mirada hacia la puerta.
Y dijo una sola frase:
—Nadie toca a esa mujer.
PARTE 2
Elena entró sin permiso y se detuvo al ver a Sofía dormida en el sillón, cubierta con el saco negro de Alejandro Santillán.
Su rostro cambió de la indignación al miedo en menos de 1 segundo.
—Señor, con todo respeto, esto es una falta gravísima —dijo, intentando sostener la voz—. Una empleada escondió a una menor en el establecimiento, pudo haber un accidente, pudo haber una demanda, pudo…
—Pudo haber perdido su trabajo por ser madre —la interrumpió Alejandro.
Elena tragó saliva.
Marisol bajó la cabeza, avergonzada, con las manos apretadas frente al delantal.
—Yo acepto las consecuencias —susurró—. No fue culpa de nadie más.
Alejandro la miró.
—No vuelva a decir eso como si ser pobre fuera un delito.
La frase cayó en la oficina con una fuerza que dejó a Elena muda.
Desde arriba llegaba el ruido del restaurante lleno: copas, platos, risas, música suave, clientes ricos que jamás imaginarían que en el sótano una mesera estaba a punto de perderlo todo o de que alguien le salvara la vida.
—Marisol va a terminar su turno —dijo Alejandro—. Sofía se quedará aquí. Quiero una cobija limpia, agua tibia y que nadie vuelva a mencionar esto en la cocina.
Elena apretó los labios.
—Pero las reglas…
—Las reglas las hice yo. Y ahora estoy haciendo una nueva.
Elena salió sin responder.
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