El estruendo de motores pesados y el violento parpadeo de luces rojas y azules inundaron los grandes ventanales de la mansión. Sofía Beltrán retrocedió con torpeza, tropezando con sus propios tacones, mientras las 2 sirvientas que la acompañaban gritaban aterrorizadas. 1 golpe seco, como el de 1 ariete policial, hizo vibrar los cimientos de la lujosísima residencia.
“¡Fiscalía General de la República! ¡Nadie se mueva!”, rugió 1 voz amplificada por 1 megáfono.
El pánico absoluto se apoderó de los pasillos. Docenas de botas tácticas retumbaron por la escalera de servicio, descendiendo hacia el sótano como 1 avalancha imparable. Paramédicos con camillas y agentes fuertemente armados irrumpieron en la oscuridad del calabozo improvisado. Y detrás de todos ellos, abriéndose paso con la autoridad indiscutible de 1 monarca antiguo, apareció 1 anciano de cabello completamente blanco. Vestía 1 traje negro a la medida y apoyaba sus manos temblorosas sobre 1 elegante bastón de caoba oscura.
“Elena…”, la voz vieja, ronca, pero cargada de 1 poder inmenso, cortó el aire espeso del sótano.
Elena abrió los ojos a medias, luchando contra la niebla de la agonía. Era Don Rafael Valderrama. Su abuelo materno. El hombre del que su madre la había alejado radicalmente hace casi 30 años, el magnate de las finanzas al que toda la familia culpaba de abandono y frialdad extrema.
Ahora, el patriarca más temido de México caía de rodillas sobre el cemento mugriento, sin importarle arruinar su ropa impecable con el charco de sangre.
“Mi niña…”, sollozó el anciano, soltando el bastón para tomar la mano helada de su nieta. “Tu madre me odió porque creyó que yo les había dado la espalda. Pero jamás fue así. Cuando tu padre, tu madre y tu hermano murieron en aquel fatídico vuelo donde perecieron 123 almas, supe que Alejandro Cárdenas lo había saboteado. Él bloqueó tus cuentas y aisló tus llamadas. Me tomó 3 largos años reunir las pruebas definitivas desde las sombras, rastreando sus empresas fantasma. Cuando Don Chuy recibió la alerta del jade… supe que por fin habías despertado de la mentira”.
Los paramédicos intervinieron rápidamente. “¡Presión arterial colapsando! ¡Súbanla a la camilla, necesitamos oxígeno al 100 por ciento!”, gritó 1 de los médicos.
Mientras estabilizaban a Elena, Sofía negaba con la cabeza, arrinconada como 1 animal asustado. “¡No! ¡Esto es 1 maldito error! ¡Alejandro va a destruir a todos ustedes!”, chillaba la mujer, justo en el momento en que 1 agente federal le apretaba las esposas de acero en las muñecas, leyéndole sus derechos por intento de homicidio y conspiración.
En el majestuoso vestíbulo de la residencia, el caos era total. Alejandro Cárdenas, enfundado en su camisa blanca manchada de sudor, apareció bajando las escaleras principales con el rostro contraído por la furia.
“¿Quién demonios autorizó este atropello? ¡Esto es propiedad privada!”, gritó con prepotencia.
Pero su voz se apagó de golpe cuando vio a Elena pasando frente a él en la camilla, conectada a monitores, y detrás de ella, erguido con frialdad letal, a Don Rafael Valderrama.
“Yo lo autoricé”, sentenció Don Rafael. El apellido cayó sobre Alejandro como 1 lápida de toneladas de peso. No había empresario en el país que no supiera que la familia Valderrama era el verdadero titán detrás de los bancos y navieras nacionales.
Alejandro tragó saliva, pálido. “Don Rafael… debe haber 1 confusión…”
“Confusión fue que Grupo Mendoza quebrara en solo 3 días por tus desfalcos”, lo interrumpió el abuelo, acercándose a él. “Confusión fue que el mantenimiento del avión de mi familia fuera alterado por 1 de tus técnicos a sueldo. Tengo las transferencias, los correos, y el registro de la llamada que le hiciste al presidente de la aerolínea 1 noche antes de la masacre”.
“Eso es basura… nadie testificará contra mí”, balbuceó el agresor.
En ese preciso instante, entre la multitud de policías, apareció Martín. Tenía 1 ojo morado, la ceja abierta y la camisa desgarrada, pero caminaba con la frente en alto. En su mano apretaba 1 pequeño dispositivo de memoria.
“Yo lo haré”, dijo el chofer. “Fui leal a usted durante 8 años. Pero hoy ordenó asesinar a 1 mujer inocente. Y hace 3 años, me ordenó eliminar la bitácora de llamadas del día del accidente. Por seguridad, yo guardé 1 copia exacta”.
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