Su actuación fue mala. Demasiado rápida. Demasiado limpia.
“Los del contrato de venta del rancho”, dije. “Los que estaban fechados para cerrarse dos semanas después de la boda. Los que traían mi firma falsificada.”
Mariana levantó la cabeza.
“¿Qué contrato?”
Rodrigo apretó los dientes.
“Son mentiras. Tu mamá está paranoica desde que murió tu papá.”
“Tu papá”, le dije a Mariana, “me enseñó a leer cada línea antes de firmar cualquier cosa. Por eso, cuando hace tres meses llegó a mi casa un sobre dirigido a Rodrigo, lo abrí pensando que era de ustedes. Adentro venía el proyecto de un desarrollo turístico sobre Los Manzanos.”
Mariana me miraba como si cada palabra le arrancara una venda.
“Había planos, avalúos, correos impresos y una copia de mi supuesta autorización. Mi firma estaba ahí. Perfecta para quien nunca me ha visto firmar de verdad.”
Doña Patricia levantó la barbilla.
“Eso no prueba nada.”
“También había mensajes”, añadí. “Uno donde Rodrigo le decía a usted que, si yo me resistía, podían hacerme pasar por incapaz para administrar mis bienes.”
Los padrinos de Rodrigo se miraron entre sí.
Él soltó a Mariana.
“Vieja metiche”, murmuró.
El insulto no me dolió. Lo que me dolió fue ver a mi hija retroceder, como si acabara de reconocer al hombre que tenía enfrente.
En ese momento, los faros de varios vehículos iluminaron el camino de grava. Una patrulla municipal entró primero. Luego otra. Al final, un sedán negro se detuvo junto a la fuente del jardín.
Los invitados empezaron a salir del salón. Algunos grababan con el celular. Otros susurraban mi nombre.
El comandante Ortega bajó de la primera patrulla, serio, con el uniforme impecable. De su lado descendió la licenciada Laura Méndez, mi abogada, sosteniendo una carpeta gruesa.
Rodrigo tragó saliva.
“¿Qué significa esto?”
La licenciada Laura se colocó junto a mí.
“Significa que hoy mismo presentamos una medida cautelar para bloquear cualquier venta, cesión o desarrollo relacionado con el rancho Los Manzanos.”
Doña Patricia perdió la sonrisa.
“No pueden hacer eso.”
“Ya lo hicimos”, respondió Laura.
Rodrigo intentó recuperar su tono arrogante.
“Ese rancho será de Mariana algún día. Y Mariana es mi esposa.”
“Ser tu esposa no la convierte en tu cómplice”, dije.
Mariana empezó a llorar en silencio.
La licenciada abrió la carpeta.
“Tenemos dictamen preliminar de grafoscopía, registros notariales irregulares, correos de negociación con una inmobiliaria de Querétaro y declaraciones de una notaria que esta tarde decidió colaborar con la Fiscalía.”
Doña Patricia se quedó rígida.
Rodrigo volteó hacia su madre con furia.
“¿Qué hiciste?”
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