Hice lo mismo con la segunda.
Una noche, Diego me preguntó:
—¿Algún día las vas a leer?
Miré a Abril, que bailaba descalza frente a la televisión, con sus rizos rojos saltando alrededor de la cara.
—Tal vez algún día —respondí—. Pero no porque ella quiera paz en sus tiempos.
Esa noche, cuando Abril se quedó dormida, me acerqué a su cama y toqué uno de sus rizos suaves.
Pensé en mi abuela Consuelo.
Quizá el cabello de Abril era más que genética.
Quizá también era herencia.
No solo de color, sino de fuerza.
Una forma en que la verdad salta generaciones y aun así llega a tiempo.
Porque una familia no se protege fingiendo que nada pasa.
Una familia se protege diciendo la verdad, poniendo límites y negándose a permitir que la crueldad se disfrace de humor.
Y si alguien cree que una broma puede destruir una casa, debería recordar que a veces esa misma broma termina abriendo la puerta para que salga toda la verdad.
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