Despertó paralizado en su propio ataúd y escuchó a su esposa celebrar su cremación, pero a minutos del trágico final, su hermano halló en la basura el oscuro secreto que lo cambiaría absolutamente todo.

Despertó paralizado en su propio ataúd y escuchó a su esposa celebrar su cremación, pero a minutos del trágico final, su hermano halló en la basura el oscuro secreto que lo cambiaría absolutamente todo.

Otra voz, masculina y grave, se unió. Mauricio.
—El paralizante sintético fue un éxito absoluto. Nadie cuestiona a un cardiólogo reconocido cuando firma un acta de defunción por paro cardíaco en un paciente estresado. Ni siquiera pidieron autopsia.
—¿A qué hora lo meten al horno? —preguntó Sofía con una frialdad que heló la sangre estancada de Alejandro.
—A las 6 de la tarde. En cuanto se convierta en cenizas, los campos de agave, las cuentas en Suiza y la casa en Valle de Bravo serán nuestros.

Cremación. Iban a quemarlo vivo. Alejandro quiso aullar, desgarrarse la garganta pidiendo auxilio, pero ni un solo músculo obedeció. El velorio continuó a su alrededor, una obra de teatro macabra donde su asesina recibía abrazos y condolencias, secándose lágrimas invisibles.
La tapa del ataúd comenzó a descender. La oscuridad se tragó a Alejandro mientras los 3 seguros metálicos hacían clic, sellando su destino. El aire empezó a volverse escaso y pesado. Su cuerpo inerte iba rumbo a las llamas.

Pero lo que los amantes asesinos no sabían, era que un pequeño descuido en la basura de la cocina estaba a punto de desatar un verdadero infierno familiar. No vas a creer lo que está a punto de pasar…

PARTE 2

El sonido de las ruedas del ataúd deslizándose por los pasillos resonaba en el cráneo de Alejandro como tambores de guerra. Lo estaban moviendo. Cada vibración, cada bache en el piso, era un recordatorio de que el tiempo se evaporaba. Iba rumbo al crematorio. En su mente, las llamas ya lamían su piel, y la desesperación se transformó en una plegaria silenciosa. Si salía de esta, destruiría a Sofía y a Mauricio sin piedad.

Mientras tanto, en la sala principal de la funeraria, la tensión podía cortarse con un machete. Roberto, el hermano menor de Alejandro, con los ojos inyectados en sangre, ignoraba las miradas escandalizadas de la alta sociedad mexicana allí reunida. Doña Elena, la madre de Alejandro, lloraba desconsolada en un rincón, aferrada a su rosario. Sofía se acercó a la anciana para abrazarla frente a todos, pero Roberto se interpuso bruscamente.
—No la toques, víbora —siseó él, lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara—. Te juro por mi vida que voy a descubrir qué le hiciste. Él estaba bien hasta que ustedes dos empezaron a “cuidarlo”.
Sofía endureció la mirada, mostrando por un microsegundo su verdadera cara.
—Estás loco por el dolor, cuñado. Alejandro se fue. Acéptalo, porque a partir de mañana, yo tomo el control de la empresa familiar.

Esa frase arrogante fue el detonante. Roberto no esperó más. Salió corriendo de la funeraria, subió a su camioneta y condujo como un desquiciado por el Periférico. Sabía que Sofía era meticulosa, pero la soberbia siempre deja rastros. Llegó a la mansión de Lomas de Chapultepec. Forzó la puerta de servicio y entró a la cocina. La casa estaba en un silencio sepulcral, demasiado limpia. Revisó la alacena, los cajones, las bolsas de té. Nada. Desesperado, se puso unos guantes y empezó a vaciar el bote de basura. Entre servilletas manchadas y restos de aguacate, encontró algo que no cuadraba.
Un pequeño frasco de vidrio oscuro, sin etiqueta, con un residuo transparente y aceitoso en el fondo. No olía a nada.

Roberto conocía a Héctor, un viejo compañero de la universidad que ahora era toxicólogo forense en un laboratorio de Coyoacán. Lo llamó mientras corría de vuelta a la camioneta.
—Héctor, necesito que analices algo hoy. Llevo una muestra. Mi hermano está “muerto” y lo creman a las 6. Creo que su esposa lo envenenó.

A las 5 y 15 de la tarde, el ataúd de Alejandro fue colocado sobre la pesada plataforma metálica frente al horno crematorio. A través de la madera, Alejandro podía sentir el calor abrasador irradiando de los ladrillos refractarios. La maquinaria del lugar zumbaba como un monstruo hambriento.
Alejandro concentró toda la fuerza de su alma en su mano derecha. Su cerebro mandaba señales eléctricas desesperadas a sus extremidades. Muévete. Por favor, muévete. Un sudor frío empezó a brotar de su frente, la primera señal física de que el efecto del paralizante comenzaba a ceder infinitesimalmente.

En Coyoacán, Héctor miraba la pantalla de su equipo con los ojos desorbitados.
—Roberto… esto no es un té natural —dijo por teléfono, con la voz temblorosa—. Hay rastros de una neurotoxina sintética potentísima. Induce un estado de parálisis extrema. Disminuye los latidos y la respiración a casi 0. Quien haya tomado esto parece muerto… pero el horror es que puede estar 100 por ciento consciente.
El mundo de Roberto se inclinó.
—¡Lo van a quemar vivo!

Eran las 5 y 40. Roberto no tenía tiempo de llegar a la funeraria con ese tráfico. Condujo a la comisaría más cercana y entró a empujones hasta el escritorio del comandante Vargas, un hombre curtido que conocía a la familia.
—¡Detenga la cremación de Alejandro García! ¡Es un homicidio en proceso! —gritó Roberto, arrojando el informe preliminar de su teléfono y el frasco sobre la mesa—. ¡Su esposa y el doctor Mauricio lo paralizaron!
Vargas vio la desesperación real en los ojos del hombre, tomó su radio y ordenó a todas las unidades disponibles cercar el crematorio municipal de inmediato. “Detengan el procedimiento a cualquier costo”.

Frente al horno, Sofía y Mauricio observaban desde la sala de espera. Mauricio suspiró de alivio.
—Todo termina ahora. No habrá cuerpo, no habrá pruebas.
—Y todo comienza para nosotros —respondió ella, acomodándose el costoso velo negro.
Un empleado del crematorio se acercó a la máquina. Presionó el botón. La cinta transportadora chirrió. El ataúd empezó a avanzar lentamente hacia las fauces de fuego. 3 metros. 2 metros. El calor dentro de la caja ya era asfixiante. Alejandro sentía que se quemaba por dentro. Con un esfuerzo sobrehumano, nacido del pánico absoluto y la furia, logró mover el dedo índice. Luego, un reflejo violento hizo que su brazo entero golpeara la tapa de madera desde adentro.
Un golpe sordo.

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